Había despertado
después de Ian y por unos momentos me encontré confundida sobre el lugar que me
encontraba, afortunadamente no tarde en calmarme y entender porqué y donde
estaba.
Tenía una hoja enredada en el cabello y no
me di cuenta de ella hasta que Ian no pudo contener la risa y me obligo a
llevar mis manos a todo mi rostro y cabello hasta hallarla, la desprendí de un
mechón color cajeta y poco a poco la desenrede. La situación no me parecía nada
divertida y le avente la hoja que solo giro un poco en el aire y luego calló
sin vida a pocos centímetros de donde me paraba, eso solo lo divirtió mas.
Di una furiosa media vuelta y comencé a
recoger mis cosas, tratando de controlar mi malhumor. Cuando había terminado,
estaba casi controlado, pero el volvió a sacarme de mis casillas en un momento
que lo voltee a verlo y seguía con una sonrisa burlona en los labios. Cargue mi
bolsa al hombro asegurándome que el movimiento le diera en la cabeza a Ian
cuando la impulsaba. Sonreí maliciosa cuando cambio su cara de risa por una de
malhumor igual que la mía.
- Faltan unas horas para oficialmente
salir de los limites de Elirdea y entrar en el bosque. Habrá un tramo que
andaremos en terreno abierto, solo tardaremos dos horas en cruzarlo- dijo con
voz grave mientras se masajeaba la cabeza.
- Eso no me gusta. No me atraen los
espacios abiertos.
- No creo que haya mucha gente –
sentencio el con un movimiento de hombros. Se equivocaba.
Estuve a punto
de darle un zape cuando asomándome entre ya los últimos árboles del bosque que
conocía como la palma de mi mano, vi a decenas de mercaderes, carromatos llenos
de mercancías y puestos ambulantes; todos entrando como agua por un embudo por
el camino de tierra que tenía a un costado. Los niños de diferentes vendedores
se correteaban de un lado a otro sobre el verde y corto pasto, arrancaban
hierbitas y dientes de león y se lo lanzaban unos a otros. Los burros, mulas y
caballos avanzaban con paso lento. Algunos bien alimentados y enormes y otros
que daban el aspecto de que se derrumbarían en cualquier segundo.
- ¿No habrá mucha gente he? – gruñí
sin separar los dientes.
- Simplemente los pasaremos de largo.
- Simplemente los pasaremos de largo –
dije imitándolo con tono de desesperación, dejando en claro que la idea era una
locura – ¡No puedo simplemente pasarlos de largo!.
Ian me miro de pies a cabeza y por su
expresión me di cuenta que me daba la razón. La gente definitivamente se
fijaría en una mujer usando pantalones, armada y con ojos grises.
- Dame cinco minutos – dijo el sin
esperar respuesta y salió corriendo.
No tuve tiempo
ni de replicar, así que me resigne a observar a la gente que pasaba. Algunos se
veían esperanzados y otros solo iban porque estaba la pequeña oportunidad de
ganar unas cuantas monedas para pagar los impuestos, ya que ni siquiera podían
llevar comida a la mesa. La reina Galia había enfermado a la población.
Ian regreso un poco mas tarde de lo que
había dicho, pero regreso. Llevaba en sus manos un vestido de campesina con un
gorro de los que usan las ovejeras.
- ¿De donde lo sacaste? – pregunte
pensando en la pobre muchacha que tendría una prenda menos en su triste
guardarropa.
- Larga historia – respondió el prácticamente
aventándome la ropa a la cara – no perdamos tiempo y póntelo.
Fruncí el seño,
pero finalmente me puse de pie y cuando pasaba al lado de Ian le di mi espada,
mi arco y el carcaj con las flechas de mala gana. Me aleje hasta que estuve
segura de que Ian no podría verme. Solo me quite la camisa y me coloque el
vestido sobre el pantalón. El vestido tenía las mangas hasta el antebrazo y se
sentía raro tener los brazos al descubierto, finalmente me coloque el sombrero
y me sentí totalmente ridícula, pero servía. Manteniendo la cabeza gacha nadie
vería mis ojos.
Salí de los arbustos tropezándome con
la falda y mordiéndome la lengua de la vergüenza.
- Una palabra – dije. apuntándolo
amenazadoramente cuando hacía ademan de reírse – una palabra y será la última.
Le pase de largo tratando de conservar la
poca dignidad que todavía conservaba. A pesar de llevar un paso firme me detuve
en seco justo donde el bosque terminaba y daba paso al terreno abierto. Me
sentía como a uno de esos animales exóticos que llevaban al palacio, y salían
de sus jaulas con paso inseguro.
- Aquí vamos – susurre y di el primer
paso en tres años fuera del bosque que me había condenado y protegido al mismo
tiempo.
La sensación de estar rodeada de decenas de
personas, niños jugando y el traqueteo de las carretas hizo mi corazón correr
mas rápido de lo normal, no por miedo, sino por emoción. Un par de niñas de
cabello negro me pasaron de largo a ambos lados, haciendo revolver la falda de
mi vestido.
Ian
no tardo en alcanzarme y a diferencia mía, encajaba mucho mas con el entorno.
- No hay que perder el tiempo – dijo el.
Me desconcertaba
como la actitud de Ian había cambiado tan radicalmente desde que lo conocí. Por
un momento pensé que en realidad no lo conocía y no era la persona para decir
que era o no un comportamiento normal, pero simplemente no podía pasar por alto
el “respeto” con e que se había dirigido a mi el día en el bosque cuando estuve
a tres pelos de matarlo y como ahora me tratara como si fuera una niña
quejumbrosa e inútil.
Aparte esos pensamientos de la cabeza y
decidí que nunca fui buena para juzgar a las personas y determinar que clase de
personalidad tenían. Siempre fallaba con mis predicciones.
A medida que el tiempo pasaba y nos alejamos
de las personas, quedando solo el y yo en la enorme planicie mas me sentía
como una liebre en terreno descubierto
durante temporada de caza del palacio. O al menos así pensé que se sentiría.
Tenía esa molesta sensación de peligro, ese pequeño cosquilleo en la nuca que
me hacía sentir desprotegida o desnuda. Siempre había estado rodeada de arboles
y arbustos que me servían como protección a mis propios fantasmas, pero ahora
tenía en el cuerpo la sensación de inseguridad que te proporciona las noches,
cuando dejas una mano colgando fuera de la cama.
Maldije por lo bajo cuando la falda se me
enredo entre los pies y me hizo dar barios saltitos para poder recuperar el
equilibrio y no caer de bruces al suelo.
- Odio los vestidos – susurre.
Ian me escucho y
sus labios dibujaron una sonrisita.
- En realidad no te queda mal parecer una
mujer de vez en cuando.
- ¿Disculpa? – entorne los ojos, lleve mis
manos a la cintura y puse cara de “vamos, repítelo a ver que sucede”
El se encogió de hombros ignorando mi
amenaza.
- Oye puede que suene una locura, pero a las
mujeres no les va mal actuar de manera femenina. A veces puedes ser
demasiado…ruda.
- ¿A veces? – dije entrecerrando los ojos y
alzando una ceja - ¿disculpa, desde cuando que nos conocemos? No recuerdo
haberte visto o convivido contigo antes, como para que hables de mi como si me
conocieras.
Después de todo no estaba tan equivocada.
El respeto que había mostrado días atrás en el bosque estaba completamente
perdido en cuanto aquel hombre agarro confianza.
Ian no respondió y yo me crucé de brazos
complacida por su silencio.
Seguimos
caminando sin cruzar palabra mientras yo comenzaba a acostumbrarme a caminar
con vestido y faldas enredándose en mis tobillos a cada rato. Por otro lado
faltaba poco para que hiciera pedazos el sombrero. Cada dos minutos se me venía
a la frente y tenía que acomodarlo de
nuevo, el material del que estaba hecho me causaba comezón en el cuero
cabelludo y el listón con el que lo amarraba también me picaba. Mire cada vez
mas desesperada por toda la situación a Ian que se veía fresco como una lechuga
caminando con paso despreocupado en dirección al bosque de Kelmer que desde
donde estábamos solo se veía como una oscura mancha en la lejanía.
Exhale con fuerza, pareciera que faltaban
miles y miles de kilómetros antes de tan si quiera acercarnos a aquel bosque
que Ian afirmaba era muy distinto al nuestro. Comencé a dudar que solo nos
llevaría dos horas de camino.
Después de media hora, mire un par de veces
a mis espaldas para asegurarme de que nadie nos veía o estaba cerca. Casi
peleándome con la cintilla desate el horrendo sombrero, pero mechones de pelo
se enredaron en las hebras de paja con el que el sombrero estaba hecho.
- No es posible – refunfuñe mientras trataba
de arrancar los mechones de pelo atorados.
- Oye, oye tranquila – Ian tomo poder sobre
el sombrero y comenzó a desenredar los mechones con mucha mas calma y
delicadeza. Me cruce de brazos desesperada y deje que me ayudara. No tuve que
esperar mucho, no tardo en deshacer los nudos y sonreírme con una cara de “ni
siquiera era tan difícil”.
- Quiero verte a ti usar uno de estos mas
de cinco minutos, entonces veremos quien se pone de mal humor – conteste
dejando caer el sombrero al suelo y pisándolo mientras retomábamos el camino.
- Yo no he dicho nada – se defendió el
alzando una ceja y mirándome como si estuviera loca.
Abrí la boca
para soltarle algún comentario, pero la volví a cerrar dándome cuenta de
cualquier cosa que dijera solo le daría la victoria una y otra vez.
Para mi alivio y sorpresa el bosque fue
acercándose a nosotros rápidamente. Faltaba lo que yo calculaba mínimo media
hora para poder refugiarnos de nuevo en la seguridad de los árboles.
- Miren lo que trajo la marea – dijo
alguien a mis espaldas.
Los pelos de la
nuca se me erizaron y de inmediato el corazón comenzó a latir a una velocidad
peligrosa. Aquella frase la había escuchado una y otra vez en mis pesadillas y
ahora se había materializado frente a mi. Di media vuelta armándome de valor y
aunque lo que vi no era para nada prometedor, el color regreso a mis mejillas y
las palmas de las manos dejaron de sudar.
No era Darrel, solo cinco hombres con
intenciones de dejarnos literalmente sin nada. Sonreí aliviada. Ian se puso en
tensión y dio un paso al frente de manera autoritaria.
Había olvidado mis ojos por completo, pero
aquellos hombres parecieron no notarlo o no les pareció nada a lo que debían poner
mucha atención.
- ¿Cómo te llamas linda? – pregunto el que
daba aspecto de ser el líder. Era de cabello rubio y de ojos color almendrados,
la barba cubría toda su mandíbula y daba el aspecto de que había olvidado lo
que era un baño hace años.
- Eso no te incumbe – Ian llevo una mano
al mango de su espada, pero no la saco.
El grupo de
gorilas rio y se miraron unos a otros divertidos o fingiendo que Ian los había
intimidado.
- Oye amigo ¿es tu chica? – pregunto el
rubio – no veo tu nombre grabado en su frente y, como decía mi madre: es
descortés no compartir.
De inmediato comencé a analizar los pros y
los contras de la situación. Ellos eran cinco y nosotros dos, ellos estaban
todos armados mientras que Ian seguía cargando con mis cosas; había olvidado
pedírselas de vuelta por estar tan ocupada tratando de no tropezarme con el
vestido y ahora solo llevaba mi daga.
- ¿Qué es lo que quieren? – pregunto Ian
tratando de parecer relejado y lo estaba logrando, se veía bastante
despreocupado y seguro de si mismo. Había formulado la pregunta casi como si le
estuviera dando sueño.
- En realidad queremos muchas cosas, pero
ahora mas que nada queremos divertirnos – aquel hombre me miro de pies a cabeza
de una forma que me causo hacer una mueca de asco.
Mire a mi alrededor, nadie veía y seguramente
que nadie nos escucharía. No me sorprendía que aquellos hombres escogieran este
lugar para hacer su aparición, estaba a mitad de la nada donde en realidad no
había a donde correr o esconderse, ni quien ayudara.
Sonreí complacida, eso era una ventaja no
solo para ello, también para mi.
Me trague el
asco que sentía por aquel hombre y le sonreí de manera coqueta mientras me
acercaba, recordando como Isabelle había movido las caderas con el pobre
mensajero. Pensar en Isabelle me causo una punzada de dolor que ignore de
inmediato y me concentre en mi papel.
- ¿Qué les hace pensar que soy su chica?
¿Parezco una mujer de un solo dueño? – saque el labio inferior como una niña haciendo
pucheros. El rubio se veía claramente desconcertado, pero de inmediato se
compuso y no tardo en caer en mi trampa – últimamente los hombres tienen
pedidos muy extraños, pero el pago bien por un poco de … compañía en un largo
viaje, claro que algo me dice que cinco hombres pueden dar una donación mucho
mas generosa de la que ofrece un solo hombre.
El rubio dio un paso al frente y eso acorto
la poca distancia que quedaba entre el y yo. Los hombres a sus espaldas
sonreían por mis palabras y definitivamente alcancé a ver algunas miradas
encendidas. Yo aguantaba las nauseas.
- ¿Qué les parece chicos? Definitivamente
esta mucho mas animada que la esposa de aquel mercader de hace algunos meses –
me tomo por la cintura y me atrajo hacia el. Lo que acababa de decir me aclaro
cualquier duda que tenía acerca de si dejarlo vivir o no.
Volteé a ver a Ian que estaba tratando de
contener la sorpresa forzándose a si mismo a no dejar caer la quijada.
– Lo siento querido, pero esto se ve mucho
mas divertido – le sonreí encantadora y volví a darle la espalda, quedando cara
a cara con el rubio aguantando la respiración para no impregnar mis fosas
nasales de su aroma. Saque la daga de su funda y la clave en el corazón de
aquel hombre que apestaba. Nuestros cuerpos estaban tan cerca uno del otro y
había ejecutado el movimiento con tanta rapidez, que nadie a excepción de Ian
pudo ver lo que acababa de suceder. No fue hasta que saque la daga de aquel
hombre y cayo al suelo sin vida que sus compañeros no reaccionaron.
Había tomado la espada del rubio mientras
caía, así que cuando sus hombres atacaron yo ya estaba armada.
Ian no tardo en llegar a mi lado y liarse
con uno de los hombres. Alcé la espada para bloquear una estocada de uno de sus
compinches y en menos de tres movimientos ya estaba saltando su cadáver y
bloqueando al siguiente en la línea.
Yo acabe con dos (más el rubio repugnante)
e Ian acabo con los otros dos. Cuando todo acabo estaba acalorada, deje caer la
espada al suelo sobre los cuerpos y fui a recuperar mi daga. La limpie en la
barriga de uno de ellos y la volví a guardar en su funda.
- No había necesidad para todo el numerito
de mujer barata – Ian estaba a mi lado enfundando la espada de nuevo y taladrándome
con la mirada.
Me encogí de hombros.
- Estaba de mal humor y necesitaba
divertirme un poco. No se si alguien te lo había dicho, pero no eres muy buen
compañero de viaje que se diga.
Ian parpadeo desesperado.
- ¡Oh, lo siento mucho, majestad!. Tal vez
debió de haberle rogado a otra persona para que la guiara al reino vecino,
después de todo no soy la única persona que conoce Kelmer ¿o si? O que sabe
quien es usted y no le ha ido a contar a medio mundo.
Entorne los ojos.
- No te pongas delicado.
Ian se llevo una
mano al pelo y lo sacudió tratando de no matarme y respiro profundo.
- ¿Podemos continuar y dejar de perder el
tiempo? – pregunto forzando una sonrisa – Majestad.
Me encogí de
hombros y comencé a caminar.
- No entiendo por que la desesperación,
después de todo fuiste tu quien me sugirió que de vez en cuando fuera un poco
mas … ¿cómo fue que dijiste? ¡Ah, si! Femenina.
- Si exacto, femenina, no barata.
- ¡Ja! ¿qué sucede señor Fletcher? ¿Celoso?
- ¿¡Celoso!? – Ian abrió los ojos de par en
par - ¿Celoso de que una farsante que se hacía pasar por prostituta le
atravesara el corazón a quien le ofrecía sus servicios? Si, seguro.
- Oh, vamos. Admite que estuvo bueno.
Ian me fulmino
con la mirada unos segundos antes de relajarse y sonreír divertido.
- No estuvo tan mal – admitió apartando la
mirada.
Sonreí y
seguimos caminando un buen rato. La verdad que es que si estaba de mal humor,
pero la pequeña pelea con los ladrones me había sacado todo el estrés y el
resto del camino hasta el bosque fue mucho mejor.
Cuando nos adentramos de nuevo a la seguridad
de los árboles no note ninguna diferencia, pero en cuanto me quite el vestido y
volví a ponerme la camisa puede caminar con un poco mas de libertad y entendí
de que hablaba Ian.
El bosque era mucho menos espeso, los
arboles eran altos y con cada minuto que pasaba lo eran más. Había grandes
áreas en los que solo había pasto y arbustos pero estaba libre de árboles, las
liebres salían de sus escondites cuando sin saberlo nos acercábamos mucho y
salían disparadas frente a nosotros. No era tan húmedo, era mas fresco y se
veía con mas vida que el de Elirdea.
- Definitivamente podía pensar en mudarme
a este bosque – dije para misma, pero Ian lo escucho y me miro extrañado. Lo
que acababa de decir no era algo que la gente decía todos los días.
- Si, si, muy bonito espera a que nos
topemos con las desnivelaciones y veras que no es tan perfecto.
Las desnivelaciones, seguro hablaba de ellas:
paredes de roca que creaban sus propios caminos y no quedaba de otra que rodear
la roca y subir por ella hasta que recuperaras el camino del otro lado. Arrugue
la nariz pensando que lo mas probable era que exagerara.
A mi
mente vinieron las imágenes de George en el bosque y como de no ser por Ian,
estaría muerta. Trague saliva y sequé el sudor de mis palmas en el pantalón
antes de hablar.
- ¿Ian? – me mordí el labio cuando me
volteo a ver esperando a que continuara - ¿cómo supiste de los soldados? Yo
nunca los hubiera visto o escuchado hasta que los tuviera en frente, pero tu,
tu nos salvaste…¿cómo?
Como lo temí, el se puso nervioso por mi
pregunta y aparto la mirada buscando una respuesta, en realidad no sabía porque
se ponía tan en tensión, pero lo hacía y eso me ponía intranquila por cual
pudiera ser la respuesta. ¿Qué podía ser tan malo?
- Contestare a eso si tu respondes una
pregunta igual – dijo él, arrugue el ceño, no me guastaba eso. Podía vivir sin
saberlo…como yo misma lo dije: la curiosidad mato al gato y creía saber que me
preguntaría.
Aparte la mirada, dejando en claro que no
estaba dispuesta a hacer ese intercambio. Eso decepcionó Ian.
- ¿Hasta cuando vas a decir nada? – su voz
sonaba desesperada por saber que era aquello que tan fuertemente protegía.
Me encogí de hombros.
- La última vez que dije nada, no me fue
muy bien, la persona a quien confié me traiciono – el sabía de que hablaba, de
la pequeña escena al momento de su llegada, de Isabelle traicionando mi confianza.
El ya no dijo nada mas. Y yo tampoco, me
centre en observar el bosque.
Era de verdad
algo hermoso, la luz se filtraba entre las ramas y caía en hermosos túneles de
luz hasta tocar la tierra, se respiraba algo puro en el ambiente. Me sentía mas
liviana y el color dorado que aportaba la luz era muy diferente a los oscuros
tonos del bosque de Elirdea.
Ian se le veía concentrado, todavía
pensando en que podía no estarle diciendo. Sentí una pisca de compasión y
decidí decirle un poco. Tome una bocanada de aire.
- Mi galga no murió de vieja, se que lo
hice parecer así, pero no lo fue – Ian de inmediato escucho mis palabras
atentamente – murió tratando de defenderme de los soldados que nos atacaron.
Defendiéndome de George, por eso lo conozco, lamentablemente. Mi perra mató a
uno de sus compañeros y eso no me puso en buena posición, nunca olvidare su
nombre ni lo que hizo, de no ser por ti estaría de nuevo con él y se que si me hubiese atrapado, no me dejaría que escapase de nuevo.
No lo voltee a ver para observar su
expresión, temía que viera el miedo que se reflejaba en mis ojos cada vez que
recordaba la escena del río, pero se que lo que dije fue suficiente para que ya
no preguntara más hasta el anochecer.
- Lo lamento – dijo el horas después. Me
tomo unos segundos entender de que hablaba.
Me encogí de hombros, fingiendo lo mejor que
podía que no me afectaba después de tanto tiempo.
- Lo pasado en el pasado esta – dije
fingiendo una sonrisa – además, te veías tan incapaz de dejar de pensar en mi, que
decidí decirte algo antes de que te volvieras loco.
Ian bufo ante el comentario, pero no dijo
nada mientras extendía su colcha sobre el césped.
Dejé caer las ramas secas que había estado
recolectando a un metro de donde estaba él y las puse una sobre otras,
esperando a que Ian usara aquellas extrañas astillas para crear fuego.
La panza me rugía con violencia cuando el
conejo estuvo listo, y para ese entonces ya debía de haberme acostumbrado a no
tener horarios para comer o no comer en todo el día, pero al parecer mi cuerpo
no lograba hacerlo.
La carne de conejo era muy dura, mucho
musculo y poca carne, pero después de todo era comida y en esos momentos pude
haberme comido la corteza de un árbol.
- ¿Qué piensas hacer, cuando llegues a
Kellmer? – pregunto Ian terminando de tragarse un gran pedazo.
No tenía un plan
y eso me avergonzaba, no había pensado en uno con claridad.
Suspire.
- La reina Galia se esta haciendo pasar
por mi para casarse con el príncipe de Kellmer, sabe que el rey no aceptaría el
matrimonio con un conquistadora y se casara en mi nombre. Tengo que detenerla,
matara a toda la familia real…lo se y cuando ese momento llegue, ya no habrá
nada que pueda hacerse. Kellmer sufrirá el mismo destino que Elirdea y ambos
reinos estarán perdidos.
Ian estaba serió y por las leves arrugas
en su frente pude ver que concentrado, en lo que fuese que estaba pensando.
-
¿Tienes un plan?
Suspire cansada.
- Tengo un plan – mentí. Ian lo noto y
alzo una ceja dándome a entender que sabía que no era verdad.
- ¿No tienes nada verdad?
- No – dije cerrando los ojos
avergonzada
- Tienes unas semanas para pensarlo –
dijo el, quitándole importancia.
- Supongo – susurre.
¿Los reyes me
creerían?
Suspire aterrada
con la idea de que tal ves no lo hicieran. Tenían que, mis ojos me respaldaban
y si no lo hacían todo estaba perdido, Galia se volvería la soberana de tres
reinos, aunque sus padres gobernaban Grecos, su crueldad podía llegar hasta
invadir su propia tierra y con la ayuda de dos reinos, sería invencible. Sacudí
la cabeza para apartar esos pensamientos y me trague el último pedazo de carne.
- Y cuando llegues y todo se descubra ¿qué pasara con el matrimonio? - pregunto de repente, pero arrastrando las palabras, como si no hubiese querido haberlas pronunciado.
La pregunta me tomo desprevenida y me le quede viendo unos momentos mientras pensaba en la respuesta. Abrace mis rodillas. No me casaría, el matrimonio quedaría anulado en cuanto la farsa fuese descubierta….pero Elirdea estaba mal, necesitaba de apoyo y yo estaba sola, necesitaría de Kellmer.
Me mordí la lengua. No me casaría, nunca lo haría, nunca.
- Nada - respondí con voz ronca mientras sonreía - no pasara nada.
La fogata calentaba el lugar y eso por algún
motivo me hacía sentir segura mientras me recostaba en mi colcha de dormir.
Los altos árboles no me dejaban ver
claramente la luna, decidí no perder tiempo pensando que ella me observaba y
pasar directo a dormir lo mejor posible.
El sueño llego poco a poco, cubriéndome con
la oscuridad y esa noche no tuve ningún sueño extraño sobre brillo dorado,
petirrojos o águilas, ni siquiera sobre bodas.
espero que se puedan defender de esos desalmados y puedan seguir su viaje
ResponderEliminarjane que cortitos los capitulos espero puedas alargarlo un poco muchas gracias
¡De acuerdo! algo más largos como el final del capítulo 5 o aun más largos?
Eliminargracias amiga.. felicitaciones.. por ese otro episodio.. cada vez se pone más interesante.. estaré al pendiente a una nueva publicación..
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