martes, 4 de febrero de 2014

Fin del Capítulo 4


Seguí corriendo hasta que mis pies perdieron coordinación y caí. Me quede en el suelo sollozando. ¿Reina Helena? ¿Es que el Rey no sabe de todo lo que sucedió?.


   La cabeza me martilleaba. …lamento de todo corazón la perdida de sus padres y hermanos. Las palabras revoloteaban en mi cabeza como polillas que intentaban volverme loca ¿Por qué la princesa Galia se hacía pasar por mi?. Millones de preguntas me asaltaban la cabeza una tras otra, me incorpore y me precipite a un tronco, me abracé de el como si mi vida dependiera de ello y poco a poco fui cambiando de posición, recargando la espalda en la enorme y firme madera, deslizándome hasta que toque el suelo y hundí la cara en mis manos, llore sin emitir un sonido, solo respiraciones temblorosas y lagrimas mudas.

      Se casaría a principios de Diciembre, alguien en mi nombre se cazaría con el príncipe de Kellmer.
    Ahora entendía el porque el Rey Alexander aprobaba el matrimonio con una invasora y usurpadora del trono. ¡Porque no sabía que era una maldita mentirosa!, el príncipe se casaría con una impostora, Grecos se apodaría de tres reinos y cuando eso sucediera, yo no tenía oportunidad alguna de recuperar lo que me pertenecía.

      - ¿Helena? – la voz me sobresalto y cuando alcé los ojos me encontré con Ian mirándome bastante confundido, de nuevo los rayos del sol le daban un extraño color rojizo a su cabello. Me puse de pie de un salto tragándome las lagrimas que salían silenciosas de los ojos. - ¿Estas bien?


    Que pregunta tan estúpida. Lo que era mas estúpido era: ¿qué hacía Ian ahí?
Lo aparte de un golpe e intente esquivarlo, pero me detuvo por la muñeca, me sacudí de su agarre sin voltear a verlo y seguí caminando. No pensaba en que en cualquier momento Roz e Isabelle llegarían y si veían a Ian sosteniéndome contra mi voluntad las cosas no saldrían bien, tampoco pensé en que caminaba sin saber a donde iba ni que me sangraba la rodilla por haberme cortado con una roca al caer. Solo seguía escuchando el eco de las palabras en mi cabeza, como si las letras que había leído susurran desde el papel a mis oídos.

   Tenía que estar sola, tenía que encontrar un lugar donde no hubiera nadie mas que mi cabeza. Sin cartas, sin espadas y sin muertes. Esa carta me taladraba, me rompía aún mas.

     - Estoy cansada – me encontré a mi misma hablando con una voz ronca por el nudo que se formaba en mi garganta – estoy tan cansada, solo quiero dormir y soñar que todo esta bien y no despertar de ese sueño, quedarme en el eternamente – Me tropecé con una raíz que salía del suelo y casi caigo, pero logre recuperar el equilibrio – ¡estúpida raíz!.

      Sus padres y sus hermanos…
     Reina Helena….
     La esperamos…

   - ¿Qué haces aquí? – mi cerebro no funcionaba bien, estaba colapsando y lo único que podía hacer era preguntar que estaba haciendo ahí. Me detuve y trate de controlarme, mi pecho subía y bajaba con velocidad y los puños me temblaban -¡¿Qué haces aquí?!
  Ian parpadeo varias veces aturdido y volteaba a ver a todas partes, como buscando hacía donde salir corriendo en caso de que me pusiera peor.

    - Ca…camino al reino por comida-  no lo escuchaba, nada estaba claro. Lleve mis manos a la cara y las pase por mi pelo con fuerza - ¿Helena, que esta sucediendo?
  Parpadee repetidas veces. ¿qué esta sucediendo?, era una buena pregunta.

    - No lo se – temblé y volví a emprender la marcha mirando mis pies, concentrándome en no volver a caer – déjame sola.

    - Helena detente por favor – rogo Ian tomándome por el brazo.

    - ¡No me pidas que me detenga! – explote, volviéndome a sacudir – No me voy a detener, voy a arrasar con todo, exactamente como ellos lo hicieron, voy a recuperar lo que es mío, no me detendré hasta que hayan pagado lo que me arrebataron, hasta que paguen cada vida, lagrima y momento de dolor que causaron a los que amaba.
    Ian me miraba aturdido.

   - ¡Y no, no estoy bien!- termine diciendo apretando los puños, dándome una furiosa media vuelta y grandes zancadas. Ian no me siguió.

    No supe como llegue al campamento, pero cuando lo hice llevaba tanto tiempo llorando que al entrar solo quedaban mis ojos hinchados y enrojecidos. La garganta me ardía y cuando hablaba lo hacía con un susurro casi inaudible.

     - ¿Helena?- dijo Isabelle corriendo hacía mi – lo siento tanto Helena, nadie tenia idea de..
La pase de largo y llegue hasta Caldor que lucia un moratón el ojo que no estaba ahí antes de que partiéramos, sonrió al verme y yo borre esa sonrisa bobalicona del rostro al patearlo tan fuerte en el orgullo que soltó varías lagrimas. Cuando pase al lado de Aarón pensé percibir una sonrisa burlona que se borro cuando noto que lo observaba, pero en cualquier caso el también sabía de la farsa y de todo el plan oculto. Yo ya no estaba para secretos ni disculpas.

    Camine hacía el y por un momento sonrió dulcemente al verme acercarme. Su sonrisa se borro igual que la de Caldor cuando le propine una patada todavía mas fuerte en el mismo lugar, el golpe iba con más resentimiento que la de Caldor y con todas las dudas que Aarón me había plantado en la cabeza desde el día que hui. Aarón grito antes de que el dolor lo ahogara y las lagrimas le ganaran.

      - Eso fue por el “lo siento” – Gruñí. No me basto y le pate las costillas, se retorció amarrado al tronco – y eso por el golpe en la cabeza.
 Le arranque mi anillo del cuello de un tirón y entre a la tienda con Isabelle pisándome los talones.

    - Que le pongan las bolsas – le dije con la voz vibrando de ira antes de que ella hablara.
Isabelle no respondió y salió de la tienda. Regreso a los pocos minutos y me encontró en la misma posición en la que me había dejado.

    - Gracias al cielo que lo hiciste – dijo al entrar – estaba a punto de hacerlo yo, pero me retuve porque sabía que tu lo disfrutarías mas.
  No escuchaba lo que decía Isabelle, solo seguía sintiendo el revoloteo de las palabras que estaban en la carta.

    - Isabelle, tu y yo sabemos lo que decía la carta y lo que eso implicaba.
Isabelle bajo la mirada y asintió.

    - No se que esta sucediendo, esto no tiene sentido ¿por qué se hace pasar por ti?

    - Porque sabía que no aceptaría el matrimonio con una invasora.

    - La carta decía dos saludables reinos y Elirdea, en estos momentos, es todo menos saludable.

    - Ya mintió sobre su identidad, nada le quita mentir sobre el estado del reino.

    - Pero el Rey lo notara – dijo ella abriendo las manos y estirándolas a sus costados.
Negué con la cabeza y cerré los ojos.

     - Para ese entonces ya será demasiado tarde.

Nos quedamos en silenció unos segundos, cada una con la mirada perdida en distintos objetos, sentía el anillo quemarme la palma de la mano.

      - Estas pálida – dijo de pronto Isabelle, cambiando de tema de manera radical – tienes que comer algo y luego ir a ver a Iudir.

      - ¿Esta despierto?- pregunte alzando la mirada.
Isabelle asintió.

     - No tengo hambre, tal vez mañana lo vaya a ver.

     - No te estaba preguntando Helena- El tono de Isabelle dejo bien en claro que eran ordenes.

Y ahí estaba, horas después de lo sucedido rememorando todo con la mirada perdida en las flamas mientras masticaba sin ganas, ni hambre. Cuando acabe de comer, Isabelle me arrastró a la tienda donde Iudir reposaba.
       Entre y antes de que me diera cuenta Isabelle ya me había dejado sola.
La oscuridad abrazaba el lugar y eso me ponía incomoda, además de que había un silencio demasiado sólido. Me proponía a salir de la tienda, pensando que Iudir estaba dormido cuando su ronca voz emergió de las sombras.

     - ¿Helena?

      - ¿Cómo estas?- le pregunte mientras me acercaba a el.

      - He estado peor- respondió con voz rasposa.

      - Quiero agradecerte, por todo lo que has hecho por mi.

      - Soy un ladrón Helena, no hago nada si no se que tendré algo a cambio – respondió  alzando una ceja.
   Aunque sus palabras eran ciertas, sabía que también era su forma de decir “no hay de que, en serio, no tienes que agradecérmelo”

         - He tenido un mal día Iudir-
El asintió comprensivo.

        - Roz me platico de todo lo que ha sucedido.

       - No se que hacer- le dije susurrando.

       - Lo que siempre has hecho. Luchar.

Me mordí el labio confiando en que la oscuridad de la tienda no delatara mis ojos vidriosos. Cambie de tema lo mas rápido que pude y platique con el de cosas absurdas – lo horrible que se veía, como las canas ya denotaban en su cabello - hasta que note que hacía un esfuerzo por no dormirse.
    Salí de la tienda y le informe a Umma que Iudir se había vuelto a dormir.
Me recosté en silencio, sin intercambiar palabra con Isabelle y para mi sorpresa me quede dormida sin notarlo, mi cansancio mental y físico habían ganado a miedo y me dormí con los ojos escociéndome en lagrimas.
    Esa noche soñé con aquella misteriosa figura de sombras que me había visitado el día que asesinaron a mi tía, cuando dormía en el carruaje y el brillo dorado se reflejaba en los ojos.

    Ahí estaba de nuevo, esa figura sin identidad, sin rostro.
Había una habitación y en un abrir y cerrar de ojos aparecía un muchacho de cabello color bronce frente a mi y ojos azul pálido. Yo no estaba en la habitación, pero al mismo tiempo era todo el cuarto, observando la escena. Un brillo dorado cegó el lugar y entonces la vi, aquella sombra tétrica que me causaba escalofríos.

     Se acercaba al muchacho que ahora dormía nervioso en su enorme cama, sintiendo que algo andaba mal. El cuarto se oscurecía a su paso, su capa manchaba de sangre ahí por donde pasaba y la madera se podría ahí donde pisaba, la figura echaba todo a perder de un lado de la habitación mientras que del otro lado, emergiendo del muchacho, el lugar brillaba con todo su esplendor. Poco a poco, mientras mas se acercaba al muchacho la luz perdía intensidad y daba paso a la desdicha que aquella figura emanaba, hasta que solo quedo el pobre chico con una luz emanando de su pecho con debilidad.

    Cuando aquella figura ascendió los escalones que daban al lecho, su capa avanzo con ella y dejo al descubierto el cuerpo de dos personas, un rey de cabello castaño y una reina de cabello rubio, con sus coronas tristes y oscuras sobre sus cabezas. Estandartes adornaban las paredes, presumiendo el magnifico escudo que tanto había estudiado cuando era chica. Un león con cabellera flameante y roja.

   Entonces sobre la cabeza del muchacho brillo una pequeña corona que parecía mas una diadema de plata que se entretejía y adornaba la cobriza cabellera del muchacho. Del príncipe de Kelmer.
     La figura desenvaino una daga tan larga como su antebrazo y antes de que pudiera gritar, la encajo en el cuerpo del príncipe y la única luz restante que daba esperanza a esa horrible escena, se desvaneció. El lugar comenzó a desmoronarse, rocas cayeron de los muros, la tierra tembló y el fuego ardió.

    Desperté con un grito ahogado, empapada en sudor y el pecho ascendiendo y descendiendo con violencia.

    - Helena ¿¡qué sucede!? – me preguntaba Isabelle susurrando con desesperación.
Tenía el corto cabello mas alborotado de lo normal y me miraba asustada desde la oscuridad.

    - El príncipe – dije recuperando la respiración y el habla – tenemos que salvarlo.
Me senté sobre la cama como estaba Isabelle, para poderla mirar directo a los ojos.

    - ¿¡De que hablas!?- insistió Isabelle tomándome por los hombros y sacudiéndome.

    - ¿No lo entiendes? ¡No quiere unir los reinos de Kelmer y Elirdea! – le dije tomándola por las brazos y sacudiéndola con gentileza - ¡Quiere consumir Kelmer!. Hará lo mismo que hizo a Elirdea.

  Isabelle abrió los ojos de par en par y vi  que comenzaba a entender de lo que hablaba. Las dos teníamos los corazones latiéndonos a velocidades alarmantes.

      - Va a conquistar dos reinos – susurro ella – quiere adueñarse de todo.
Asentí con la cabeza una y otra vez poniéndome de pie.

      - Tenemos que hacer algo Isabelle, si no lo hacemos todo caerá en desgracia.
Isabelle se puso de pie de un salto y abrió la boca para responderme.

   Un niño afuera chillo y nos causo a todos que los pelos de la nuca y de todo el cuerpo se erizaran. Salimos corriendo de la tienda para encontrarnos con el metálico olor de la sangre y la muerte.

   Un bulto que conocía bien yacía sobre el suelo sin vida. Me temblaron las piernas y por poco caigo.
  Isabelle cayo de rodillas al suelo y gimió de tristeza sobre el cuerpo ensangrentado. Se coloco sobre el de manera protectora, como si pudiera protegerlo de que alguien lo lastimara y su camisón comenzó a mancharse de sangre que brillaba cristalina bajo las estrellas.

   El alma se me cayo a los pies y sentí la sangre helarse, un escalofrío me recorrió la espalda y me causo calambres que me hicieron caer a un lado de Isabelle. Extendí la temblorosa mano sobre el dorado cabello de Henry para sentir la viscosa sensación de la sangre, sangre fría, empapando su melena. 


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