equivoque.
Es cuche las botas de Iudir alejarse y no fue hasta que me di cuenta que
no me había movido en varios segundos que me puse de pie de manera temblorosa.
Me sentí como un potrillo recién nacido que aprendía a caminar. John estaba
frente a mi y me ofreció la ayuda de su brazo, la rechace. Isabelle seguía
observándome de hito en hito, pero bajaba la mirada cada vez que la observaba
directo a los ojos, pase junto a ella y dirigí una última mirada dolida a mi
amiga y a Ian antes de meterme a la tienda y comenzar a empacar.
Llevábamos varías horas caminando y
no nos detuvimos mas de 20 minutos para descansar hasta que llego el anochecer.
Me había quitado el camisón ensangrentado y lo había lanzado a las
brazas antes de que las apagaran y comenzáramos a huir. Yo no perdía de vista a
Ian. Roz lo vigilaba desde la espalda y la habían atado las muñecas, a Ian se
le veía con mirada perdida en sus propias reflexiones. No había hablado con
Isabelle, en un descanso se acerco a mi para ofrecerme una cantimplora, pero al
ver que se dirigía en mi dirección me puse de pie y la esquive, sentándome lo
mas apartada que podía. Había confiado en ella mas que en nadie jamás, le había
dicho todo lo que yo había vivido o pensaba por años, confiando en que
mantuviera el secreto y ella lo había mostrado completo, sin que le faltara ni
una sola parte sin exhibir a la persona que menos quería que se enterara, yo me
sentía sumamente traicionada y dolida.
Iudir había ido a la cabeza del grupo al principio, pero su herida lo
hizo rezagarse y quedo entre las últimas
personas, las cuales se turnaban para ayudarlo a caminar. En todo el trayecto
había evitado cualquier contacto, por mínimo que fuera con el. Si no había una
distancia de ocho personas que nos separaran, no me sentía cómoda.
Cuando llego el anochecer comencé a sentir un tamborileo en el pecho que
me era imposible ignorar, llevaba pensándolo todo el viaje y cada paso que
daba, cada pulsación y cada sensación de que nos alejábamos mas de mi hogar me
convencía de que debía hacerlo.
La noche había llegado demasiado rápido y la luna estaba medio llena,
sonriéndome desde el cielo. La gente se había colocado sobre sus mantas de
dormir y no tardaron en caer profundamente dormidos, incluso Iudir durmió
profundamente apenas recargo su cabeza sobre las pieles que le servían de
almohada.
Roz se le veía incomodo cuidando a Ian a las orillas del campamento. Yo
sabía porque. En uno de los últimos descansos vacié en una cantimplora, la cual
me asegure de la que tomara -solo Roz - unos de los polvos que Umma usaba para
sacar las lombrices de la pansa de los niños y los efectos de esa pastilla
purificadora era la continua necesidad de parar a hacer del baño.
Sonreí divertida al ver las muecas que hacía Roz por su malestar
estomacal. Finalmente no pudo resistirlo mas y salió corriendo a la profundidad
del bosque.
Ian se quedo solo y yo con el corazón en la garganta me acerque a el y
corte la soga que apresaba sus muñecas. Me miro confundido mientras se
masajeaba las muñecas, pero no perdió el tiempo y se puso de pie
inmediatamente. Le ofrecí un saco hasta el tope de cosas, que suponía nos
durarían.
- No hagas preguntas y sígueme – le
ordene – no va a tardar en regresar y cuando lo haga ya tenemos que estar muy
lejos.
Corrí por mi colcha que seguía tendida en el suelo y la enrede. Tome mi
arco y llene mi carcaj de flechas, me coloque la funda de la espada a la cadera
y guarde mi espada, tome una de las que siempre sobraban para Ian. Me asegure
de que llevara la daga de Aarón asegurada y finalmente me aleje de donde todos
dormían. Al principio caminamos mas rápido de lo normal para no hacer mucho
ruido, pero cuando estuvimos lejos, comenzamos a correr.
- ¿Qué estas haciendo Helena? – me
pregunto Ian mientras corríamos.
- Voy a Kelmer – le respondí.
- ¿Y que tengo que ver yo con…- Ian se
cayó cuando entendía que papel jugaba el en todo eso y se detuvo de golpe – no
te guiare a Kelmer.
Sus palabras me confundieron.
- ¿Por qué no?- le pregunte recuperando
la respiración – tu mismo dijiste que Elirdea estaba cada vez peor, puedo
cambiar eso, tengo que cambiarlo.
- Se lo que dije pero…pero no puedo
hacerlo Helena – me dijo negando con la cabeza.
- ¿Por qué no? – volví a preguntar,
rogándole con la mirada.
No me respondía.
- De acuerdo – le dije mientras las
esperanzas me abandonaban por completo.
- De verdad lo siento Helena, pero no lo hare- me dijo el llevándose los
dedos a los ojos cerrados y masajearlos. No me había dado cuenta de lo alto que
era.
- Esta bien. Lo entiendo, pero necesito un lugar para dormir hoy.
Abrió los ojos y dejo caer los
hombros, claramente cansado.
- Te llevare a donde vivo, pero solo será una noche.
Asentí con la cabeza. Había hecho
una estupidez, como siempre. Yo misma me había desterrado, no pensaba cuando
imagine que Ian accedería a guiarme sin parpadear.
- Solo una noche – le respondí
sorprendiéndome por el tono agotador que reflejaba mi voz – después saldré de
tu vida.
Y de la de todos pensé.
La pequeña e inesperada mudanza
nos hizo alejarnos mas de lo que hubiese querido, de la cabaña de Ian. Cuando
estuvimos seguros de que estábamos fuera de su alcance, detuvimos nuestras
cansadas piernas y continuamos caminando mientras intentábamos recuperar el
aliento. Cuando llegamos a lo que literalmente era una pequeña cabaña en el
bosque, la noche era tan espesa que no me creía que la hubiésemos encontrado.
Hacía mucho tiempo que no pisaba un suelo,
propiamente dicho. Bajo mis pies, la sensación de la madera cubriendo la tierra
se sintió extraña. El lugar se encontraba sumergido en la oscuridad, pero Ian
no tardo en encender una vela y con ayuda de esta encendió otras 5 restantes.
Me sorprendió ver que había creado fuego de la nada para encender la primera
vela.
- ¿Cómo has hecho eso?- le pregunte
asombrada.
- ¿Hacer que? – me pregunto el sin
voltear a verme. Dejo la primera vela en su lugar.
- Encender esa vela, no tallaste rocas
ni nada, solo psst – dije imitando el
ruido que había
escuchado cuando Ian la había encendido.
Ian sonrió y la leve anaranjada iluminación
le dio un tono cálido a su sonrisa.
- Es algo que compre en un festival
de verano. Estaban unos vendedores de “extrañezas de otro mundo” y me sorprendió
esta pequeña cosita creando fuego solo con un movimiento de la mano.
- Enséñame – le pedí, sin poder ocultar
la curiosidad.
Ian entorno los
ojos pero finalmente me pidió que me acercara.
Se acerco a una mesa y tomo una pequeña
cajita, la abrió y mostro un pequeño trozo de madera –parecía una astilla
gigante- con algo negro en forma de bolita adherido a un extremo.
- Que raro – dije mas para mi misma que
para Ian.
Ian coloco un
dedo sobre la extraña cabeza negra y la deslizo con rapidez por una lija negra
que tenía la
misma cajita adherida, volví a escuchar el Psst y el fuego nació. La cabecita negra ahora estaba al rojo vivo
y contenía una pequeña flama la cual no tardo mas de seis segundos en apagarse.
- Que increíble – dije tomando la
quemada astilla gigante en mi mano y sorprendiéndome al ver que la volita negra
se deshacía al contacto, convirtiéndose en un delicado polvo negro que mancho
mis dedos.
Finalmente con la habitación iluminada y el
misterio resuelto me fije mejor en donde me encontraba.
El techo, el cual me dejaba el incomodo
presentimiento de que se nos caería encima en cualquier momento, no era muy
alto y si me ponía de puntitas y estiraba el brazo todo lo que podía, alcanzaba
a tocarlo con la yema de los dedos. Sonreí cuando lo alcancé. Ian me observaba
curioso por lo que hacía. Aparte la mirada y observe el resto del espacio,
desplazándome por la pequeña cabaña mientras la estudiaba.
Era definitivamente mas grande que mi
tienda que compartía con Isabelle, consistía de tres pequeñas habitaciones. El comedor,
donde arcos, flechas, cuchillos y pieles estaban amontonados sobre la mesa de
oscura madera. Una salita, que en realidad solo consistía de un sillón hecho de
distintas pieles y una pequeña mesita que me llegaba a la rodilla y al fondo,
después de un pasillo que podía recorrerse en dos pequeños pasos estaba una
puerta entreabierta, suponía que la habitación de Ian, no me atreví a recorrer
el diminuto pasillo y entrar, solo me resigne a suponer.
La casa, hasta donde alcanzaba a ver, solo
tenía dos ventanas que daban al espeso bosque, una en la sala y otra en el
comedor. La del comedor tenía una tabla bajo de ella, y sobre esta estaba un
libro y una vela, la ventana quedaba tan baja que había un banco debajo de ella
en el que seguramente si uno se sentaba la tabla de la ventana le llegaría a
las axilas.
A pesar de la humildad de la casa, los
malos muebles, el poco espacio y la locación, a mi me hizo sentir, por primera
vez en muchos años como si estuviera en un hogar. No en una tienda de campaña
mas grande de lo normal para que dos chicas pudieran vivir en ella, sino en un
verdadero hogar, con la sensación de que esas cuatro paredes tenían la escénica
de su dueño y de que pertenecían a alguien.
- ¿Por qué sonríes tanto he?- pregunto
Ian mientras rebuscaba algo en el interior de un enorme baúl en el comedor con
medio cuerpo dentro de el.
De inmediato borre la sonrisa de mi rostro.
Ni siquiera me había dado cuenta de que sonreía. Carraspee débilmente.
- Es muy lindo.
- ¿Lindo? – Dijo Ian en tono incrédulo –
es un cuchitril
- Es un cuchitril lindo- sentencie.
Ian finalmente
saco la cabeza del baúl y vi que cargaba con varias mantas. Sin preguntar me
acerque a el y las tome dándole las gracias, las extendí sobre el sillón y
comencé a arreglarlas para que me abrigaran lo mejor posible a la hora de
recostarme. Estaba arreglando un extremo de las cobijas cuando me di cuenta de
que Ian me volvía a observar curioso. Lo voltee a ver y fruncí el ceño
incomoda, Ian respondió encogiéndose de hombros, tomo la vela que descansaba
sobre la mesa del comedor y se dirigió a su habitación.
- Estaré aquí por si decides ponerte a
gritar como loca a mitad de la noche, de nuevo.
Dicho esto,
desapareció por la puerta y la cerro detrás de el. Termine de arreglar la
maraña de cobijas y sople a cada vela en la pequeña cabaña, dejando solo la que
descansaba en la ventana aun con vida.
Me proponía acostarme y descansar sobre la
improvisada cama cuando el libro de la ventana llamo mi atención. Me mordí el
labio tratando de controlar mi impulso a leerlo, pero fue en vano. Me senté en
banco y con mucho cuidado de que el sonido de las hojas al cambiar no
despertara a Ian, comencé a leerlo. Leí hasta que la vela se había consumido
por la mitad, fue en ese momento que los parpados pesaron demasiado y mantener
abiertos los ojos me provocaba hacer bizcos, no podía mantener enfocado algo
mas de dos segundos y los parpados se negaban a obedecer, finalmente me quede
dormida sobre la tabla, con la cabeza hundida en las paginas del libro y los
dos brazos cruzados bajo mi frente.
Me desperté, aunque no del todo, cuando sentí
que intentaban cargarme. Me revolví un poco, aun con los ojos entrecerrados y
forcé a Ian a soltarme y ayudarme a ponerme de pie. La espalda me dolía un poco
por la incomoda posición en la que había estado, pero el sueño me ayudo a no
ponerle mucha atención.
- Todavía no es de mañana – dije con
una voz espesa como la miel por el sueño. Seguía sin abrir bien los ojos y solo
podía entrever la luz de la luna colándose por la ventana.
Ian no respondió y me ayudo a llegar al
sillón, me deje caer en el solo deseando volver a dormir. Me cubrí con las
mantas y no fue hasta ese momento cuando me di cuenta de lo fría que estaba y
del frio que tenía, me envolví bien en ellas y temblé un poco.
- Faltan un par de horas para el
amanecer – dijo el regresando a su habitación con paso pesado.
Volví a dormirme.
Volví a dormirme.
que va a hacer ahora helena? espero que lo que sea
ResponderEliminarresulte bien y consiga desenmascarar a la que la esta
suplantando esperando mas