sábado, 15 de febrero de 2014

Capítulo 5. Parte tres

Volví a dormirme. Volví a soñar. Un sueño breve que (como siempre) iba mas allá de alucinaciones y pesadillas, pero esta vez ya no vi ningún resplandor dorado.

   Me encontraba a mitad de bosque, caminaba sin saber a donde iba, pero sabía que dirección tomar. Camine observando el bosque como si lo hiciera por primera vez, después de unos minutos sentí algo observándome desde el cielo. Una enorme águila, que me estudiaba mientras planeaba sobre mi cabeza, pero en un visto y no visto se abalanzo sobre mi, me cubrí con los brazos el rostro, pero el golpe nunca llego. Alcé la mirada de nuevo y vi como la enorme creatura se convertía en un petirrojo, que cambio el violento descenso por un suave aleteo, el animal descendía suavemente con las alas extendidas a los costados y me observaba, con la barriga frente a mi, no volaba como lo haría un ave normal. Se detuvo hasta que estuvo a unos metros de distancia de mi, pero a mi misma altura y poco a poco se convirtió en una borrosa imagen de un hombre, con el cabello de un extraño tono rojizo en contraste a la luz del sol. Su rostro estaba oculto por sombras a pesar de que el bosque brillaba dorado.
   Di unos inseguros pasos en dirección a la misteriosa figura, alargue una mano y antes de abrir la boca para pronunciar cualquier palabra el suelo se abrió debajo de mi y caí.

    De verdad había caído. Me encontraba en el suelo, entre la mesa de la sala y el sillón, enredada en cobijas y con el corazón en la garganta por la pequeña, pero aún así inesperada caída.  Cuando finalmente pude librarme de la mortal red de pieles y logré ponerme de pie dando brinquitos por una sabana que se había enredado a mi pie, me encontré con la sonrisa de Ian que apenas podía contener la risa.
        - ¿Y tu de que te ríes he? – le dije amenazándolo con el dedo.


La luz de la mañana inundaba el lugar, dándole un tono mucho mas alegre a la cabaña que en la noche. Mis armas estaban en la mesa de la sala, descansando y esperando a que las tomara y saliera por la puerta, para no regresar. Me mordí el labio y las tome.
  
     - Gracias por todo señor Fletcher – dije sin voltearlo a ver, acomodándome el carcaj al hombro. – como dije ayer, apenas saliera el sol me iría, espero nunca me vuelva a ve…
     - Voy contigo – dijo el finalmente cortándome las palabras en la lengua.
    - ¿Cómo dices?
    - Ayer me lo ofreciste, supongo que solo debía de meditarlo con la almohada.
   - ¿Hablas en serio? - Él asintió y no pude reprimir una gran sonrisa de alegría – Gracias, desde el fondo de mi corazón. Gracias. ¿Cuándo partimos?
      - Después de desayunar.
Deje caer la espada, sonriendo de manera maliciosa. y solo me quede con el arco y el carcaj. Iría a Kelmer, no todo estaba perdido.

Cacé una liebre y la comí tan rápido que ni siquiera me di cuenta de que la había terminado hasta que intentaba llevarme otro bocado a la boca y descubrí que pinchaba un plata vacío. Ian se tomo su tiempo, y le note con la cabeza en otro lado todo el tiempo hasta que salimos de la cabaña. No dije ni pregunte nada al respecto.
    No fue hasta que me di cuenta de que yo iba a la cabeza, guiando, cuando se suponía que sería Ian a quien seguiría y no él a mi, después de todo no tenía ni idea de que dirección tomar.
    Carraspee.
  - ¿Vamos por el camino correcto? – pregunte de la forma mas distraída que pude fingir.
  - Hmmm-mmm - gruño él a modo de respuesta.
Me mordí el labio, cada vez mas desesperada.
   - ¿Seguro?.
    - Hmmm-mmm- repitió.
    - ¿Sucede algo ma…
   - ¿¡Es que nunca dejas de preguntar cosas!?- dijo el finalmente en tono de desesperación. Parpadee repetidamente, confundida sobre que lo había hecho desesperarse de eso modo, después de todo llevábamos casi una hora sin intercambiar palabra y esa situación me ponía nerviosa.

     - Lo siento – me resigne a decir.

    A momentos volteaba a verlo y lo encontraba observando en todas direcciones, buscando algo. Lo escuche refunfuñar algo segundos antes de que se me lanzara encima, no tuve tiempo ni de tomar aire para emitir ningún tipo de sonido. Caímos y rodamos en silencio con el sonido de las hojas quebrándose y la tierra desprenderse como único ruido. Rodamos por una pendiente y finalmente cuando la inclinación redujo un poco, nos dio oportunidad de detenernos. De inmediato intente ponerme de pie de un salto y alejarme de el lo antes posible.  De nuevo te has equivocado - pensé - no puedes confiar en nadie Helena ¿es que no lo has entendido?.
    Ian me tomo del pie y me forzó a regresar al suelo, se lanzo sobre mi y me cubrió con su cuerpo, manteniéndome pegada al suelo junto con el.

      - No hagas ruido – me susurro cuando finalmente logró que me dejara de mover.
     - ¿Para que? ¿para que me puedas matar y nadie escuche? – le susurre igual y abrí la boca para gritar, pero me la cubrió con una mano. Arbustos nos ocultaban, nadie nos vería desde donde estábamos.
       - Cállate y observa antes de decir estupideces – me regaño apuntando a la cima de la pendiente por la que habíamos caído. Entonces lo entendí y la sangre se me helo, sentí el color bajar hasta que me abandono por completo y el frío del miedo se adueño de mi espalda. Seis soldados avanzaban sigilosos por los árboles buscando algo, buscándome. Ian no estaba intentando matarme, intentaba protegerme.
    Cuando vio que comprendía lo que sucedía me soltó la boca, pero no movió el brazo que me mantenía pegada al suelo, cualquier movimiento podía alertarlos.

    Un soldado volteo a ver en nuestra dirección y sin darme cuenta me encogí pegándome mas a Ian, reconocí su rostro – lo reconocería en cualquier lado, sin importar el tiempo que hubiese pasado- y eso me causo un escalofrió que me hizo temblar.

      - George – gesticule sin poderlo evitar. Nos observaba directo en nuestra dirección, como si pudiera oler el miedo que se apodero de mi en ese momento, como si pudiera verme directo al alma atreves del arbusto y las hojas que me cubrían. La espalda se me acalambro y volví a temblar, Ian en un acto reflejo me apretó más. El hombre de mis pesadillas perdió interés y continuo su camino.
   Después de un par de minutos, en los que era seguro ya no volverían, ni nos escucharían, Ian se puso de pie. Yo me quede en el suelo todavía con la mirada clavada en donde George había estado parado, observándome con los mismos ojos con los que me miro cuando intentó ahorcarme, o cuando trato de quitarme el vestido y me aventó al río.
        - Se han ido Helena, ponte de pie.
Forcé a mis piernas a responder a lo que les ordenaba y me puse de pie. Volvimos a retomar el camino y esta vez Ian tomo la delantera, guiándome. Por mas que intentaba calmar mi corazón no podía evitar voltear a mi espalda cada segundo o cada hoja que se rompía detrás de mi me causaba sentir como mi corazón tamborileaba incluso en mis oídos. Cuando Ian hablo me provoco un sobresalto.
      - Cuando aquel soldado se nos quedo viendo dijiste algo – comenzó ál, ya sabía a donde quería llegar y por más que no me gustara tendría que responder - ¿Qué fue?
  Trague saliva.
       - George, es su nombre.– respondí, con la sensación de su nombre raspándome la lengua.
       - ¿De donde lo conoces? – pregunto él volteándome a ver unos segundos y alentando la marcha.
A eso no respondería.
     - ¿Por qué el repentino interés? – esquive yo.
      - Curiosidad – respondió, encogiéndose de hombros.
      - Ya sabes lo que dicen. La curiosidad mato al gato- respondí con tono dulce, dejando bien en claro que no tenía ganas de preguntas curiosas.
       - Solo quería hacer tema de conversación.
       - En ese caso ¿qué fue lo que la almohada te dijo para que accedieras a guiarme?
Me di cuenta de que había sido una mala pregunta cuando se tomo demasiado tiempo en responder.
      - Este va a ser un largo viaje si no podemos hablar de nada – dije para mi misma.
      - ¿Sabe usar eso, princesa?- El nombre que uso para referirse a mi me cosquilleo en la nuca. Ian volteo a ver mi espada, dando a entender que era de eso de lo que hablaba.
      - ¿Por qué estaría cargándola si no supiera como usarla?.
Ian se encogió de hombros.
     - ¿Para que necesitaría una espada?
     - Tres años en el bosque significan muchas habilidades necesarias para sobrevivir. Lamentablemente tocar el pianoforte y bordar no están entre ellas.
    Ian sonrió.
       - Entre todos los lugares que nos imaginamos estaría, nunca pensamos que en el campamento de los ladrones, siendo la mano derecha del Rey de los ladrones.
   Eso titulo de mano derecha sonaba mucho mejor a lo que de verdad era. Aunque su forma de hablar mi me hizo sentir mas importante de lo que creía, no fue eso lo que me llamo la atención.
       - ¿nos imaginamos? ¿pensamos?.
   Ian se tenso unos segundos, pero fue tan fugaz ese momento que creí lo había imaginado.
      - La gente del reino. Siempre se preguntaron donde había quedado su princesa.
      - Si, bueno. Heme aquí, camino a Kelmer con un cazador, y creo en caso de apuro seré yo quien termine defendiéndote.
      - No lo creo, eres demasiado pequeña.
¿pequeña? Me di unos momentos para observarme. No era pequeña, siempre me había considerado de una estatura bastante cómoda. No alta, no pequeña. Normal.
     - Lo dice alguien que hace ver a quien sea pequeño- espete yo – y yo se usar una espada, supongo que tu no, máximo un hacha.
     - Se manejar una espada princesa – me dijo el tono orgulloso por haberme hecho tragar mis palabras.
     - Pero, eres un cazador – dije yo confundida. Tenía derecho a estarlo, los cazadores eran hombres del bosque, no convivían con las personas y raramente se unían a las guerras. Las herramientas de los cazadores eran hachas, flechas, arcos y cuchillos. No espadas.
     - ¿Y? – pregunto sin volearme a ver.
     - Los cazadores no usan espadas – dije yo pronunciando lo que segundos antes había pensado.
     - Pues este cazador si – dijo, apuntando a su pecho con el pulgar y dando el tema por finalizado.

Durante el trayecto busque mas cosas de las que hablar, pero parecía que cada pregunta que formula llevaba a un callejón sin salida. No podía quejarme, sucedía lo mismo conmigo cuando me preguntaba algo, la respuesta incluía explicaciones de cuando tenía 15 años como ¿Cómo fue que encontraste al Rey de los Ladrones? ¿Cómo fue que el Rey de los Ladrones te encontró? ¿Por qué te golpearían con una copa? ¿Por qué estabas hasta el cuello de sangre hace dos noches?.
     Sabía que no podía continuar así, en ese absoluto silencio mucho tiempo, pero no sería hoy cuando hablara de ello.
    - Al parecer los dos estamos decididos a no hablar de muchas cosas – dijo el después de fallar otra pregunta – mejor hablemos de lo que no tenemos problema en contar.
     Me mordí el labio y tome un hondo respiro antes de comenzar.
    - Me gustan los galgos – comencé – odio el calor, por cruel que parezca el invierno es la época que mas me gusta del año. Suena loco pero muchas veces siento que la luna de verdad tiene algo que ver conmigo mas allá de solo estar en el cielo, me siento rara cuando esta llena, como si algo fuera a suceder en cualquier instante.
   Ian se mantuvo un momento en silencio.
      - ¿Galgos he? – dijo el curioso – háblame de eso.
      - Tenía uno, una mas bien. Su nombre era Narda.
      - ¿Qué le sucedió? – pregunto él. Suspire. Por más que había intentado mantener cualquier información lejos de ese día no había escapatoria, tenía que hablar de ello tarde o temprano, en estos momentos no había que entrar en detalles de nada, solo una pizca de información de vez en cuando.
       - Murió - Ian se mantuvo en silencio unos momentos, retome la palabra antes de que pudiera indagar más en el tema – al final todo muere después de todo.
    Para mi alivio, él no pregunto más y fue su turno de hablar.
         - A diferencia suya, odio el invierno y a los insectos. No me gusta cantar y me gusta estar solo. Detesto las multitudes.
    Torcí la comisura de la boca en una debil sonrisa. No me gusta cantar. Los hombres de Elirdea hacían famosas a sus tabernas por las canciones que cantaban al caer la noche, sobre mujeres hermosas, amores perdidos, criaturas fantásticas, dragones, guerras y hermanos y por supuesto el como la magia corría por las venas de la familia real. Claro eso cuando mis padres reinaban, ahora las canciones debían de ser tristes y ásperos lamentos de muerte y oscuridad.
        - Eso no tiene mucho sentido. Los insectos salen en calor.
       - Si, también odio el calor.
       - Coincido con usted respecto a las multitudes, estar solo y los insectos, pero en ese caso ¿qué es lo que no le desagrada?
        - Una buena pelea.
       - Coincido en eso también - Ian resopla divertido y eso me causa una punzada en mi orgullo -¿es que no me cree capaz de entablar una buena pelea?
        - La creo capaz de cazar la mitad de la población de liebres, de eso si, pero de hacerme sudar una gota- volteo a verme de pies a cabeza – de eso lo dudo mucho.
   Quiero darle un puñetazo para que aparte su mirada de mi y se le borre la sonrisa de superioridad.
       - Recuerde sus palabras señor Fletcher cuando este en suelo, con la cara enrojecida y vencido.
    Ian rió de nuevo. Me sorprendía con la facilidad con la que el cazador podía soltar una risotada de cualquier estupidez, incluso de un reto u amenaza.

    La noche se extendió sobre el bosque como un manto que arropaba a la tierra. Tenía las piernas agarrotadas por tanto caminar y me dolía la panza por el hambre. También tenía sed.
   Cacé un ganso que tenía la mala suerte de sobrevolar donde estaba parada, cayo al suelo con un golpe seco y murió en el acto. Tenía tanta hambre que me devore el primer plato sin darme cuenta.
       Extendí las sabanas y tapetes sobre las que dormiría por el siguiente mes y recargué la cabeza en la improvisada almohada, la luna seguía sonriéndome desde lo alto  con las estrellas adornándola como perlas.
         - No bromeabas cuando hablo de esa rara relación entre la luna y tu verdad? – Ian me sobresalto y de inmediato me sentí incomoda cuando razone que seguramente llevaba un buen rato observándome. Me sentía incomoda con los ojos color miel de Ian todo el tiempo en mi nuca.
         - No, no bromeaba – dije sin voltearlo a ver.
       - Hábleme de ello.
Torcí la boca y mire la luna como si le pidiera permiso para hablar.
      - No lo creo – respondí girándome sobre mi y dándole la espalda – buenas noches.  
     - Eso es injusto – reprocho el.

      - No veo nada de injusto en querer dormir – dije yo sabiendo que no era eso a lo que Ian se refería.
           - Mencionas que tienes una conexión con una bola gigante color plata, pero no quieres explicarlo.    
    Me encogí de hombros sin moverme de la posición de indiferencia que acababa de adoptar. Ian no dijo nada más al darse cuenta de que no me sacaría ni una palabra y antes de que me diera cuenta me quede dormida.


    Antes de que el sueño me ganara pedí a la luna que por una vez, me ayudara, en vez de solo quedarse en el cielo y observar.   

3 comentarios:

  1. me encanto.. amiga ,, estoy muy interesada en seguir leyendo.. me llena de curiosidad saber q pasa con Helena.. espero q sigas publicando pronto...

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    1. Claro que si!, público sábados y martes, espero no te pierdas de nada.
      Besos jane

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  2. un capitulo mas en el que quedo mas intrigada y esa relacion que ella dice que tiene con la luna mmmm creo que algo hay que debe estar por ocurrir solo espero que no sea malo esperando por mas capitulos felicidades

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