Volví a
dormirme. Volví a soñar. Un sueño breve que (como siempre) iba mas allá de
alucinaciones y pesadillas, pero esta vez ya no vi ningún resplandor dorado.
Me encontraba a mitad de bosque, caminaba
sin saber a donde iba, pero sabía que dirección tomar. Camine observando el
bosque como si lo hiciera por primera vez, después de unos minutos sentí algo
observándome desde el cielo. Una enorme águila, que me estudiaba mientras
planeaba sobre mi cabeza, pero en un visto y no visto se abalanzo sobre mi, me
cubrí con los brazos el rostro, pero el golpe nunca llego. Alcé la mirada de
nuevo y vi como la enorme creatura se convertía en un petirrojo, que cambio el
violento descenso por un suave aleteo, el animal descendía suavemente con las
alas extendidas a los costados y me observaba, con la barriga frente a mi, no
volaba como lo haría un ave normal. Se detuvo hasta que estuvo a unos metros de
distancia de mi, pero a mi misma altura y poco a poco se convirtió en una
borrosa imagen de un hombre, con el cabello de un extraño tono rojizo en
contraste a la luz del sol. Su rostro estaba oculto por sombras a pesar de que
el bosque brillaba dorado.
Di unos inseguros pasos en dirección a la
misteriosa figura, alargue una mano y antes de abrir la boca para pronunciar
cualquier palabra el suelo se abrió debajo de mi y caí.
De verdad había caído. Me encontraba en el
suelo, entre la mesa de la sala y el sillón, enredada en cobijas y con el
corazón en la garganta por la pequeña, pero aún así inesperada caída. Cuando finalmente pude librarme de la mortal
red de pieles y logré ponerme de pie dando brinquitos por una sabana que se
había enredado a mi pie, me encontré con la sonrisa de Ian que apenas podía
contener la risa.
- ¿Y tu de que te ríes he? – le dije
amenazándolo con el dedo.
La luz de la
mañana inundaba el lugar, dándole un tono mucho mas alegre a la cabaña que en
la noche. Mis armas estaban en la mesa de la sala, descansando y esperando a
que las tomara y saliera por la puerta, para no regresar. Me mordí el labio y
las tome.
- Gracias por todo señor Fletcher – dije
sin voltearlo a ver, acomodándome el carcaj al hombro. – como dije ayer, apenas
saliera el sol me iría, espero nunca me vuelva a ve…
- Voy contigo – dijo el finalmente
cortándome las palabras en la lengua.
- ¿Cómo dices?
- Ayer me lo ofreciste, supongo que solo
debía de meditarlo con la almohada.
- ¿Hablas en serio? - Él asintió y no pude
reprimir una gran sonrisa de alegría – Gracias, desde el fondo de mi corazón.
Gracias. ¿Cuándo partimos?
- Después de desayunar.
Deje caer la
espada, sonriendo de manera maliciosa. y solo me quede con el arco y el carcaj. Iría a Kelmer, no todo estaba
perdido.
Cacé una liebre
y la comí tan rápido que ni siquiera me di cuenta de que la había terminado
hasta que intentaba llevarme otro bocado a la boca y descubrí que pinchaba un plata vacío. Ian se tomo su tiempo, y le note con la cabeza en otro lado
todo el tiempo hasta que salimos de la cabaña. No dije ni pregunte nada al
respecto.
No fue hasta que me di cuenta de que yo iba
a la cabeza, guiando, cuando se suponía que sería Ian a quien seguiría y no él
a mi, después de todo no tenía ni idea de que dirección tomar.
Carraspee.
- ¿Vamos por el camino correcto? – pregunte
de la forma mas distraída que pude fingir.
- Hmmm-mmm - gruño él a modo de respuesta.
Me mordí el
labio, cada vez mas desesperada.
- ¿Seguro?.
- Hmmm-mmm- repitió.
- ¿Sucede algo ma…
- ¿¡Es que nunca dejas de preguntar
cosas!?- dijo el finalmente en tono de desesperación. Parpadee repetidamente, confundida sobre que lo había hecho desesperarse de eso modo, después de todo
llevábamos casi una hora sin intercambiar palabra y esa situación me ponía
nerviosa.
- Lo siento – me resigne a decir.
A momentos volteaba a verlo y lo encontraba
observando en todas direcciones, buscando algo. Lo escuche refunfuñar algo
segundos antes de que se me lanzara encima, no tuve tiempo ni de tomar aire
para emitir ningún tipo de sonido. Caímos y rodamos en silencio con el sonido
de las hojas quebrándose y la tierra desprenderse como único ruido. Rodamos por
una pendiente y finalmente cuando la inclinación redujo un poco, nos dio
oportunidad de detenernos. De inmediato intente ponerme de pie de un salto y
alejarme de el lo antes posible. De nuevo te has equivocado - pensé - no puedes confiar en nadie Helena ¿es que no
lo has entendido?.
Ian me tomo del pie y me forzó a regresar
al suelo, se lanzo sobre mi y me cubrió con su cuerpo, manteniéndome pegada al
suelo junto con el.
- No hagas ruido – me susurro cuando
finalmente logró que me dejara de mover.
- ¿Para que? ¿para que me puedas matar y
nadie escuche? – le susurre igual y abrí la boca para gritar, pero me la cubrió
con una mano. Arbustos nos ocultaban, nadie nos vería desde donde estábamos.
- Cállate y observa antes de decir
estupideces – me regaño apuntando a la cima de la pendiente por la que habíamos
caído. Entonces lo entendí y la sangre se me helo, sentí el color bajar hasta
que me abandono por completo y el frío del miedo se adueño de mi espalda. Seis
soldados avanzaban sigilosos por los árboles buscando algo, buscándome. Ian no
estaba intentando matarme, intentaba protegerme.
Cuando vio que comprendía lo que sucedía me
soltó la boca, pero no movió el brazo que me mantenía pegada al suelo,
cualquier movimiento podía alertarlos.
Un soldado volteo a ver en nuestra dirección
y sin darme cuenta me encogí pegándome mas a Ian, reconocí su rostro – lo
reconocería en cualquier lado, sin importar el tiempo que hubiese pasado- y eso
me causo un escalofrió que me hizo temblar.
- George – gesticule sin poderlo evitar.
Nos observaba directo en nuestra dirección, como si pudiera oler el miedo que
se apodero de mi en ese momento, como si pudiera verme directo al alma atreves
del arbusto y las hojas que me cubrían. La espalda se me acalambro y volví a
temblar, Ian en un acto reflejo me apretó más. El hombre de mis pesadillas perdió interés y continuo su camino.
Después de un par de minutos, en los que era
seguro ya no volverían, ni nos escucharían, Ian se puso de pie. Yo me quede en el
suelo todavía con la mirada clavada en donde George había estado parado,
observándome con los mismos ojos con los que me miro cuando intentó ahorcarme,
o cuando trato de quitarme el vestido y me aventó al río.
- Se han ido Helena, ponte de pie.
Forcé a mis
piernas a responder a lo que les ordenaba y me puse de pie. Volvimos a retomar
el camino y esta vez Ian tomo la delantera, guiándome. Por mas que intentaba
calmar mi corazón no podía evitar voltear a mi espalda cada segundo o cada
hoja que se rompía detrás de mi me causaba sentir como mi corazón tamborileaba
incluso en mis oídos. Cuando Ian hablo me provoco un sobresalto.
- Cuando aquel soldado se nos quedo
viendo dijiste algo – comenzó ál, ya sabía a donde quería llegar y por más que
no me gustara tendría que responder - ¿Qué fue?
Trague saliva.
- George, es su nombre.– respondí, con
la sensación de su nombre raspándome la lengua.
- ¿De donde lo conoces? – pregunto él
volteándome a ver unos segundos y alentando la marcha.
A eso no
respondería.
- ¿Por qué el repentino interés? –
esquive yo.
- Curiosidad – respondió, encogiéndose
de hombros.
-
Ya sabes lo que dicen. La curiosidad mato al gato- respondí con tono dulce,
dejando bien en claro que no tenía ganas de preguntas curiosas.
- Solo quería hacer tema de
conversación.
- En ese caso ¿qué fue lo que la
almohada te dijo para que accedieras a guiarme?
Me di cuenta de
que había sido una mala pregunta cuando se tomo demasiado tiempo en responder.
- Este va a ser un largo viaje si no
podemos hablar de nada – dije para mi misma.
- ¿Sabe usar eso, princesa?- El nombre que
uso para referirse a mi me cosquilleo en la nuca. Ian volteo a ver mi espada,
dando a entender que era de eso de lo que hablaba.
- ¿Por qué estaría cargándola si no supiera
como usarla?.
Ian se encogió
de hombros.
- ¿Para que necesitaría una espada?
-
Tres años en el bosque significan muchas habilidades necesarias para
sobrevivir. Lamentablemente tocar el pianoforte y bordar no están entre ellas.
Ian sonrió.
- Entre todos los lugares que nos
imaginamos estaría, nunca pensamos que en el campamento de los ladrones, siendo
la mano derecha del Rey de los ladrones.
Eso titulo de mano derecha sonaba mucho mejor a lo que de verdad era. Aunque su
forma de hablar mi me hizo sentir mas importante de lo que creía, no fue eso lo
que me llamo la atención.
- ¿nos
imaginamos? ¿pensamos?.
Ian se tenso unos segundos, pero fue tan
fugaz ese momento que creí lo había imaginado.
- La gente del reino. Siempre se
preguntaron donde había quedado su princesa.
- Si, bueno. Heme aquí, camino a Kelmer
con un cazador, y creo en caso de apuro seré yo quien termine defendiéndote.
- No lo creo, eres demasiado pequeña.
¿pequeña? Me di unos momentos para
observarme. No era pequeña, siempre me había considerado de una estatura
bastante cómoda. No alta, no pequeña. Normal.
- Lo dice alguien que hace ver a quien sea
pequeño- espete yo – y yo se usar una espada, supongo que tu no, máximo un
hacha.
- Se manejar una espada princesa – me dijo
el tono orgulloso por haberme hecho tragar mis palabras.
- Pero, eres un cazador – dije yo
confundida. Tenía derecho a estarlo, los cazadores eran hombres del bosque, no
convivían con las personas y raramente se unían a las guerras. Las herramientas
de los cazadores eran hachas, flechas, arcos y cuchillos. No espadas.
- ¿Y? – pregunto sin volearme a ver.
- Los cazadores no usan espadas – dije yo
pronunciando lo que segundos antes había pensado.
- Pues este cazador si – dijo, apuntando a su pecho con el pulgar y dando el
tema por finalizado.
Durante el
trayecto busque mas cosas de las que hablar, pero parecía que cada pregunta que
formula llevaba a un callejón sin salida. No podía quejarme, sucedía lo mismo
conmigo cuando me preguntaba algo, la respuesta incluía explicaciones de cuando
tenía 15 años como ¿Cómo fue que encontraste al Rey de los Ladrones? ¿Cómo fue
que el Rey de los Ladrones te encontró? ¿Por qué te golpearían con una copa?
¿Por qué estabas hasta el cuello de sangre hace dos noches?.
Sabía que no podía continuar así, en ese
absoluto silencio mucho tiempo, pero no sería hoy cuando hablara de ello.
- Al parecer los dos estamos decididos a no
hablar de muchas cosas – dijo el después de fallar otra pregunta – mejor
hablemos de lo que no tenemos problema en contar.
Me mordí el labio y tome un hondo respiro
antes de comenzar.
- Me gustan los galgos – comencé – odio el
calor, por cruel que parezca el invierno es la época que mas me gusta del año.
Suena loco pero muchas veces siento que la luna de verdad tiene algo que ver
conmigo mas allá de solo estar en el cielo, me siento rara cuando esta llena,
como si algo fuera a suceder en cualquier instante.
Ian se mantuvo un momento en silencio.
- ¿Galgos he? – dijo el curioso –
háblame de eso.
- Tenía uno, una mas bien. Su nombre era
Narda.
- ¿Qué le sucedió? – pregunto él. Suspire. Por
más que había intentado mantener cualquier información lejos de ese día no
había escapatoria, tenía que hablar de ello tarde o temprano, en estos momentos
no había que entrar en detalles de nada, solo una pizca de información de vez
en cuando.
- Murió - Ian se mantuvo en silencio
unos momentos, retome la palabra antes de que pudiera indagar más en el tema –
al final todo muere después de todo.
Para mi alivio, él no pregunto más y fue su
turno de hablar.
- A diferencia suya, odio el invierno
y a los insectos. No me gusta cantar y me gusta estar solo. Detesto las
multitudes.
Torcí la comisura de la boca en una debil sonrisa. No me gusta cantar. Los hombres de Elirdea hacían famosas a sus tabernas por las canciones que cantaban al caer la noche, sobre mujeres hermosas, amores perdidos, criaturas fantásticas, dragones, guerras y hermanos y por supuesto el como la magia corría por las venas de la familia real. Claro eso cuando mis padres reinaban, ahora las canciones debían de ser tristes y ásperos lamentos de muerte y oscuridad.
- Eso no tiene mucho sentido. Los
insectos salen en calor.
- Si, también odio el calor.
- Coincido con usted respecto a las
multitudes, estar solo y los insectos, pero en ese caso ¿qué es lo que no le
desagrada?
- Una buena pelea.
- Coincido en eso también - Ian resopla divertido y eso me causa una punzada en mi orgullo -¿es que no me cree capaz de entablar una buena pelea?
- Coincido en eso también - Ian resopla divertido y eso me causa una punzada en mi orgullo -¿es que no me cree capaz de entablar una buena pelea?
- La creo capaz de cazar la mitad de
la población de liebres, de eso si, pero de hacerme sudar una gota- volteo a
verme de pies a cabeza – de eso lo dudo mucho.
Quiero darle un puñetazo para que aparte su mirada de mi y se le borre la sonrisa de superioridad.
Quiero darle un puñetazo para que aparte su mirada de mi y se le borre la sonrisa de superioridad.
- Recuerde sus palabras señor Fletcher
cuando este en suelo, con la cara enrojecida y vencido.
Ian rió de nuevo. Me sorprendía con la
facilidad con la que el cazador podía soltar una risotada de cualquier
estupidez, incluso de un reto u amenaza.
La noche se extendió sobre el bosque como un manto que arropaba a la tierra. Tenía las piernas agarrotadas por tanto caminar y me dolía la panza por el hambre. También tenía sed.
Cacé un ganso que tenía la mala suerte de
sobrevolar donde estaba parada, cayo al suelo con un golpe seco y murió en el
acto. Tenía tanta hambre que me devore el primer plato sin darme cuenta.
Extendí las sabanas y tapetes sobre las
que dormiría por el siguiente mes y recargué la cabeza en la improvisada
almohada, la luna seguía sonriéndome desde lo alto con las estrellas adornándola como perlas.
- No bromeabas cuando hablo de esa rara
relación entre la luna y tu verdad? – Ian me sobresalto y de inmediato me
sentí incomoda cuando razone que seguramente llevaba un buen rato observándome. Me sentía incomoda con los ojos color miel de Ian todo el tiempo en mi nuca.
- No, no bromeaba – dije sin voltearlo a
ver.
- Hábleme de ello.
Torcí la boca y
mire la luna como si le pidiera permiso para hablar.
- No lo creo – respondí girándome
sobre mi y dándole la espalda – buenas noches.
- Eso es injusto – reprocho el.
- Eso es injusto – reprocho el.
- No veo nada de injusto en querer
dormir – dije yo sabiendo que no era eso a lo que Ian se refería.
- Mencionas que tienes una
conexión con una bola gigante color plata, pero no quieres explicarlo.
Me encogí de hombros sin moverme de la
posición de indiferencia que acababa de adoptar. Ian no dijo nada más al darse
cuenta de que no me sacaría ni una palabra y antes de que me diera cuenta me
quede dormida.
Antes de que el sueño me ganara pedí a la
luna que por una vez, me ayudara, en vez de solo quedarse en el cielo y
observar.


me encanto.. amiga ,, estoy muy interesada en seguir leyendo.. me llena de curiosidad saber q pasa con Helena.. espero q sigas publicando pronto...
ResponderEliminarClaro que si!, público sábados y martes, espero no te pierdas de nada.
EliminarBesos jane
un capitulo mas en el que quedo mas intrigada y esa relacion que ella dice que tiene con la luna mmmm creo que algo hay que debe estar por ocurrir solo espero que no sea malo esperando por mas capitulos felicidades
ResponderEliminar