sábado, 25 de enero de 2014

Capítulo 4. Parte uno.


ANTERIORMENTE EN EL CAPÍTULO CUATRO:


Fueron las punzadas de dolor en la parte de atrás de mi cabeza las que me regresaron a la realidad. Me incorpore con una mueca de dolor.

  Mire a mi alrededor y encontré a Iudir recostado en una cama, tenía solo la camisa y sus pantalones con una venda mojada sobre su frente, a pesar de estar dormida tenía una constante mueca de dolor impresa en el rostro. Estaba poniéndome de pie, solo desando levantarme de la mesa en a que estaba recostada y tomar aire fresco.

     - ¡Oye calma, calma! – dijo Isabelle después de entrar a la tienda y abrir los ojos como platos antes de precipitarse para sostenerme antes de que perdiera el equilibrio.
  Me abracé a ella, pero seguí caminando –si querías salir podías llamar a alguien y no solo lanzarte a por ello – dijo Isabelle pasando un brazo por mi cintura para mantenerme de pie.


   El dolor de cabeza se convirtió en un horrible ardor en el estomago que poco a poco subió por mi garganta, cerré la boca con todas mis fuerzas y me lancé a trompicones fuera de la tienda. Apenas puse el segundo pie fuera de la tienda solté la comida del día anterior, mis ojos lagrimearon y de no ser por Isabelle habría caído sobre la porquería.

     - Cielo santo Helena. Creo que si te golpeo fuerte.
Aarón. Lo había olvidado. El estomago recibió una punzada de resentimiento al recordar que después de todo Aarón si me había golpeado con la copa tan fuerte que me dejo inconsciente, pero después de todo era lo que le había pedido y no entendía porque me molestaba que me golpeara de ese modo.

     - Escapo – dije yo jadeando, secándome las lagrimas de los ojos.
Isabelle rió.

    - Ese maldito estuvo a punto de salirse con la suya, Gina se lo encontró cuando…
No escuche nada mas. Los oídos comenzaron a recibir un constante pitido que me aparto de la realidad. Las palabras de Isabelle resonaban una y otra vez en mi cabeza.
    Estuvo a punto de salirse con la suya. Estuvo a punto. A punto.

Volví a sentir arcadas y m encogí sobre mi misma, pero ya no vomite nada.


   - ¡John ayúdame! – grito Isabelle haciendo lo mejor que podía para sostenerme.
Escuche las botas de John acercarse a mi y cargarme. Hundí la cara en su cuello y deje que la brisa me refrescara. El meneo de los pasos de John comenzó a arrullarme y cuando menos me di cuenta mis parpados pesaban.

    Me quede dormida unos momentos antes de sentir un golpe de helada agua abrazándome. De n ser por el agua metiéndose en mis fosas nasales hubiera gritado en vez de tosido.

    - Gracias al cielo – dijo Henry que estaba frente a mi con una cubeta en sus manos.

    - Cielos Helena, la próxima vez que quieras desmayarte avísanos para que no pensemos que te estas muriendo – dijo John mientras me sostenía de la empapada manga y me ayudaba a sentarme en el mismo tronco donde Isabelle se había sentado el día anterior para comer el venado.

     - Voy a matar a ese bastardo – siseó Isabelle – Iudir esta con un maldito agujero en su costado y tu estas tan estable como Roz cuando se emborracha.

     - ¿Dónde esta?- pregunte castañeando los dientes por el frio.

     - Lo sacamos de la tienda, así va a estar vigilado constantemente.
Busque con la atormentada mirada a Aarón y no tarde en encontrarlo atado a un poste de madera, mirándome con preocupación.

       Aparte la mirada y tome la mano de Henry, me apoye en ella para ponerme de pie. El me jalo y abrazo mis hombros para evitar que me cayera.

     - Eso es, lento – me decía mientras me dirigía a mi tienda soportando mis tropiezos con paciencia. Mechones de cabello me caían en los ojos pero no me impedían ver a Aarón que me seguía con la mirada desde el suelo.
     Entre a mi tienda y la imagen de Aarón se perdió. Henry me deposito sobre la cama.

   - Gracias, ahora sal para quietarle la ropa que amablemente empapaste-
Henry torno los ojos, pero obedeció.

   - Vamos a ponerte algo cómodo ¿te parece? – me decía Isabelle mientras apartaba un mechón de los ojos y me miraba con ese brillo desafiante que sus ojos siempre tenían y se daba media vuelta– ayer los idiotas estaban dejando toda la ropa bonita, pero se que a nosotras nos gusta estar guapas, así que tome unos vestidos muy monos que se ven bastante abrigadores y cómodos. Te doy el honor de estrenar el primero.

   Isabelle me hablaba dándome la espalda mientras revolvía en el baúl de ropa que ambas compartíamos. Sonreí y asentí con la cabeza aunque ella no podía verme.
  Saca uno color crema del baúl y lo dejo caer a mi lado para ayudarme a ponerme de pie.

   - Ahora quédate quieta – me dijo mientras me ayudaba a desvestirme.


El vestido era muy bonito y era sencillo, las mangas se abrían después del codo, cayendo acampanas hasta los pulgares. Por dentro estaba forrado por lana que hacían que la prenda conservara el calor corporal, por fuera el terciopelo estaba teñido de ese  impecable color crema, el cuello y mangas estaban bordados por hilo dorado, al igual que la línea de cada costado y los hombros. El cuello era cuadrado y todo lo de ese vestido me recordó a cuando tenía 15 años y el mundo era mas sencillo.

      - No me pondré eso – le dije con tono cansado.

     - No, si lo harás – sus palabras me tomaron por sorpresa – lo harás para mostrarles que sigues siendo la heredera, que solo estas esperando, pero que no has olvidado lo que eres y que ellos tampoco deben de hacerlo.

   Lo que decía Isabelle me golpeo, ella tenía razón. Me arme de valor y asentí con la cabeza.
Cuando Isabelle termino de vestirme me mire en el manchado espejo y alise la tela del vestido.

    - Enséñale a esos dos quien eres – dijo Isabelle y las piernas se me acalambraron.

    - ¿Dos?.

Isabelle me miro unos segundos confundida.

    - ¿No lo has visto? Atrapamos a otro centinela, los dos están afuera.
El aire comenzó faltarme unos segundos antes de volver a enfocar mi reflejo en el espejo y armarme de valor. Mire mi mano con la cicatriz y apreté el puño, había una promesa de sangre para vengar a aquellos a quienes me habían arrebatado y devolverles el favor a los Grecorianos.

    Larga vida al águila y que muera el dragón

Mis propias palabras resonaron en mi cabeza y adquirieron la misma fuerza que tenían hace tres años. Había llegado el momento, cumplía los 19 años el 27 de Noviembre, estábamos en Julio y yo recuperaría mi corona.

     - Muy bien – comencé irguiéndome y alzando la barbilla – comencemos con esto.

Isabelle sonrío maliciosa y asintió con la cabeza.

Cuando salí de la tienda entendí el porque no había visto al otro soldado, estaba unos metros mas alejado de Aarón y de espaldas, pase de largo a Aarón y me alegre cuando no me volteo a ver, fui directo al misterioso hombre y cuando le vi el rostro, la cólera se sembró en mi como cuando había reconocido a Herick el día anterior.

     - Ha pasado mucho tiempo Caldor – le dije con suaves y peligrosas notas.

Isabelle me miro confundía al ver que conocía a ese hombre, pero de inmediato su rostro comprendía. Cuando éramos chicas y decidí que Isabelle era de confianza le conté todo lo que había sucedido, omití los detalles que involucraban a Aarón al principio, pero después de un año cuando lo nombre en sueños, no pude seguir ocultándoselo. Por lo que veía Isabelle todavía no lo reconocía, pero sabía que no tardaría en hacerlo.

   Caldor levanto la vista y sus ojos reflejaron una momentánea sorpresa. Sonreí.

   - Pero mira que curioso es el destino – siseo mientras yo me ponía en cuclillas frente a el – antes eras la princesa de Elirdea y ahora eres la princesa de la basura.
   Le di un bofetón que lo hizo girar la cara.

  - Por mas que quisiera charlar contigo, con té, galletitas y disfrutar de tus humorísticos comentarios, tengo cosas que hacer mas adelante a diferencia de ti cuando aventemos tu cuerpo al fango – poco a poco alzo la mirada de nuevo y descubrí complacida que su lengua sangraba, probablemente se la había mordido cuando le pegue el bofetón.

  Vi como su garganta se preparaba para escupirme así que aprese su garganta en mi mano y apreté. De inmediato comenzó a ahogarse con la saliva que iba dirigida a mi.

     - Muy bien creo que estamos empezando con el pie izquierdo – volví a decir mientras Caldor comenzaba ponerse rojo por la falta de oxigeno - ¿Para quién iba dirigido todo ese magnifico oro?

   Caldor comenzó a revolverse, solté su cuello para que retomara el aire y pudiera contestar. En cambio me escupió y rio por pensarse triunfante. Me limpie su porquería de la cara y me reí un poco con el.


Caldor. La persona a quien mas detestaba en el mundo se reí de forma desagradable frente a mi a pesar de estar atado y completamente inmovilizado, pobre diablo, él no sabía que ahora, después de tantos años sería yo quien reiría al último.

 - ¿Te parece divertido he?- le dije sonriéndole y observando como el asentía con la cabeza y seguía riendo a todo pulmón. Le sonreí encantadora mientras negaba con la cabeza, me remangaba la manga derecha y sacaba la daga de su funda. Su risa se corto con alarido de dolor cuando el cuchillo se hundió en su muslo, justo donde yo sabía estaba un nervio – Voy a repetirlo una última vez ¿para quién iba dirigido el oro? – sisee mientras movía un poco el arma dentro de su piel y lo hac
ía removerse de dolor.

    Se negó a contestar así que comencé a sacar el cuchillo de su pierna hacía arriba en vez de con un movimiento curvo, para que el cuchillo saliera limpio. El arme comenzó a actuar como un gancho que jalaba todo dentro de el y lo arrancaba, cortaba y desgarraba.

     Sus intentos de contener el dolor en su garganta fueron inútiles y comenzó a gruñir, removerse y golpear la parte de atrás de su cabeza una y otra vez contra el tronco que lo apresaba.

    - ¿Para… - di un brusco movimiento a la daga que lo hizo gritar – quien…es…el…oro


Cada palabra iba acompañado de un pequeño tirón o una sacudida del arma, pero seguía sin responder.

   - Muy bien Caldor, tienes tres segundos o voy a sacar a mi amiguito de ahí con un tirón que te aseguro, se llevara buena parte de tus nervios y músculos – Caldor me miro con los ojos desorbitados del dolor – y luego volveré a comenzar un poco mas abajo, hasta que llegue a tus tobillos y empiece con la otra.
    Tome su cabello y a pesar de que estaba empapado en sudor y eso me asqueaba, no lo solté y jale con fuerza.

    -Uno- comencé y prepare mi brazo para el tirón.

    - Dos- me secundo Isabelle llamando la atención de Isabelle y poniéndolo en completa tensión.

   - Tres-

  - ¡No, no, no! ¡Espera, espera! – chillo una milésima de segundo antes de que jalara, mire a Isabelle y la vi sonreír. Solté el cuchillo que seguía encajado en la pierna de Caldor.

   - Te escucho – le dije soltándole el pelo con un empujón que hizo la cabeza golpear el tronco.

   - Es el dote de la Reina – soltó el con la voz agotada.

  - ¿La reina se casa?- le dije con falsa emoción – Isabelle ¿cómo fue que no nos enteramos?

  - No tengo idea – dijo ella fingiendo estar ofendida. Y aunque parecía tomármelo a juego, la pregunta era verdadera. Iudir rara vez no se enteraba de cosas, pero esas cosas eran insignificantes, pero algo como el matrimonio de la reina era todo menos insignificante y si el no las sabía era porque tampoco el reino lo sabía.

    - ¿Es acaso una boda sorpresa?

Caldor no respondió así que volví a tomar el cuchillo y lo gire unos centímetros suficientes para que Caldor retomara el habla.

    - ¡No...digo si, si era un secreto!- grito el revolviéndose en su lugar.

    - ¿Con quien se casa? – pregunto Isabelle.

    - El príncipe de Kelmer – respondió el dejando caer la cabeza.

    - ¿Kelmer?- pregunte cada vez mas y mas curiosa - ¿por qué?

    - No lo se – respondió Caldor – retorcí el cuchillo de nuevo. Esa no era la respuesta que esperaba.

   - ¡No lo se, no lo se! ¡lo juro! – berreo Caldor, algo en su tono de voz me dijo que no mentía y aunque lo que menos quería era creerle, fue lo que hice y deje de retorcer el cuchillo. Caldor estaba empapado en sudor y su pantalón en sangre, tenía la cara enrojecida por gritar y un pequeño moretón que comenzaba a marcarse por el golpe que le había dado.

    - Puede que te crea – le dije – pero se que sabes mas de lo que dices, pero tienes el aspecto de que te vas a desmayar y dormido no me sirves. Voy a dejar que descanses y que se te refresque la memoria.

    - Hija de…
Saque el cuchillo con un solo movimiento vertical, desgarrando sus músculos y piernas. Cualquier cosa que fuera a decir la cambio por un alarido de dolor, gruñidos y llanto.
   Tome su pelo y levante su cabeza, obligándolo a mirarme.
    
     - No me gustan las malas palabras – le dije antes de que se desmayara.

Me puse de pie y observe mi mano. Estaba manchada en sangre que todavía estaba caliente, agradecí haberme remangado por que la sangre llegaba hasta mi muñeca por la parte de la palma y hasta los nudillos por el dorso de la mano. El cuchillo estaba empapado en sangre hasta el mango.
   Isabelle me ofreció un trapo sucio con el que limpie mi mano y la hoja de la daga antes de guardarla de nuevo en la funda, a pesar de que la sangre se quito con facilidad de mi piel, dejo una pequeña y casi invisible capa de color rojizo que había teñido la palma de mi mano. Tampoco pude hacer mucho por las uñas.

    - Que lo venden – dije– no quiero que muera desangrado, todavía tiene cosas que decir.

    - Estoy de acuerdo contigo – dijo Isabelle - ¿qué hay del otro? –pregunto Isabelle

 La mire intentando hablarle sin palabras, pero eso sola la hizo mirarme mas confundida, me acerque a ella y le susurre al oído que viera lo que traía colgado al cuello y entendería. Isabelle me miro desconcertada y sin entender una pisca de lo que decía.

    - Solo hazlo – le dije llevándome una mano a la frente, ella asintió.

Se dio media vuelta y camino con paso decidido a Aarón. Se detuvo un momento para pedirle a Jena y Alma que vendaran a Caldor.
     Observe como al verla venir su cuerpo se tensaba, de seguro había escuchado a Caldor grita y pensaba que el era el próximo. Isabelle se puso en cuclillas frente a el ignorándolo y rebusco toscamente el collar en su cuello, vi a Aarón decirle que lo soltara, pero Isabelle no lo escuchaba. Mi amiga observo el anillo que resplandeció bajo el sol y me golpeo los ojos, se tomo unos segundos pero finalmente lo comprendió y parpadeo repetidamente, dejo ir el anillo y volteo a ver a Aarón, ladeo un poco la cabeza como lo hacían los perros cuando escuchaban un ruido extraño, entreabrió los labios y note como apretaba la quijada. Isabelle me volteo a ver por un segundo antes de ponerse de pie y meterse a nuestra tienda.

     Espere unos segundos antes de ponerme en marcha de nuevo.

Cuando pase al lado de Aarón no pude evitar quedar atrapada en la mirada de Aarón que me dolió tanto como me había dolido la rama en el costado. Me observaba como una extraña y yo le devolví la mirada con un gesto de dolor que me forzó a contener la respiración
   Finalmente llegue a mi tienda y ahí estaba Isabelle esperándome sentada en el baúl de donde había sacado el vestido.

    - No lo puedo creer – dijo ella negando con la cabeza apenas entre a la tienda.

     - ¿Crees que yo si?

   - Pero el te golpeo en la cabeza cuando escapo…- sus palabras se cortaron y me encontré con aquella mirada que esperaba no ver – No escapo ¿verdad? Al menos no sin ayuda.
    No respondí y cambie el peso de un pie a otro.

      - Helena, dime que no es cierto lo que estoy pensando.

Abrí la boca para responder, pero la cerré cuando comprendí que no tenía nada que decir. Isabelle lo comprendió y hundió la cara en las manos con desesperación. Pase a su lado y comencé a quitarme el vestido.
    - Han paso tres años Helena, no sabes si es el mismo.

    - Sigue llevando el anillo – conteste como una débil defensa mientras el vestido caía al suelo y buscaba entre las sabanas mis pantalones y camisa.

    - Eso no significa nada Helena, y tu lo sabes – me dijo ella poniéndose de pie de un salto y apretando los dientes para no gritar. Me encogí momentáneamente y comencé a vestirme– ni siquiera ese día te dijo toda la verdad, te dejo ir sabiendo lo que te esperaba si regresabas al castillo, no puedes confiar en el ahora si ni en ese entonces te fue completamente honesto.

   Isabelle sabía que lo que decía me hería una y otra vez, que cada palabra que pronunciaba era dolorosamente cierta para mi, pero no le importo.

    - Yo…simplemente no…

    - Helena nos pusiste a todos en peligro – ahora la cara de Isabelle estaba tan roja como la de Caldor y sus ojos llameaban de ira,  caminaba de un lado a otro como un gato enjaulado y se llevaba las manos al pelo revolviéndolo con brusquedad - ¡a todos Helena!.
   Su grito resonó tan fuerte que escuche unos gritos ahogados fuera de la tienda y las exclamaciones de las personas. Mis manos ya estaban temblorosas y ese grito me hizo perder coordinación mientras me fajaba la camisa. Tome aire y trate de relajarme.

    - Baja la vos Isabelle – le ordene con un tono de voz que la regreso a sus casillas y la hizo sentarse en la cama que hizo un chirrido cuando recargo su peso en ella, pero sus mejillas seguían encendidas- y la quijada apretada. ¿crees que no deseo olvidarlo? ¿crees que me gusta saber que los traicione? – dije con una voz temblosa por la rabia. Mi pecho ascendía y descendía con rapidez

      - Pues entonces ¿por qué lo haces? – dijo ella poniéndose de pie y extendiendo los brazos a los costados - ¿Porque no solo lo dejas en nuestras manos y nosotros nos ocupamos de…

      -  ¡Simplemente no puedo!- grite a todo pulmón sintiendo como la garganta me ardía por el esfuerzo - ¡no puedo permitirlo! – mi grito hizo a Isabelle estremecerse unos segundos por mi repentina explosión. Di dos grandes zancadas, pase de largo a Isabelle y tome mi arco y carcaj. Respiraba ruidosamente y los ojos enfocaban y desenfocaban.

     - ¿Qué estas haciendo Helena? – pregunto Isabelle alzando la voz y apretando los puños.
No respondí y di media vuelta chocando con Isabelle que me estorbaba el paso, la aparte con un empujón de hombro.
    Salí de la tienda de campaña con millones de pensamientos y palabras taladrándome la cabeza,  miles de emociones luchando una con otra. Odio, amor, desesperación, tristeza, frustración, agotamiento, enojo. Todas se arremolinaban en mi pecho haciéndose nudos y creando un nudo doloroso en mi garganta.

     - ¡Si, eso es Helena! – escuche a Isabelle gritar detrás de mi - ¡ve a cazar, como siempre que hay problemas! ¡Haber si esta vez que no esta Iudir para salvarte te cae en la cabeza que es lo importante ahora!.

 Algo me golpeo la cabeza y el dolor se abrió paso por mi nuca. Todos a nuestro alrededor nos observaban boquiabiertos. Alma tenía la mano cubriendo su boca, Tim observaba la escena completamente aturdido y al darme media vuelta encontré a Gina y Louis sosteniendo los brazos de Isabelle, en su mano llevaba una roca.

   Lleve mi mano a mi nuca y sentí la curiosa sensación de mi sangre caliente mojándola. Baje la mirada y encontré una piedra del tamaño de mi puño en el suelo.

   - ¿Qué sucede Helena? – Henry me tomo por sorpresa, me sostenía ambos hombros con las manos y me miraba con sus ojos azules.
  Estaba aturdida y mis ojos saltaban a todas las caras presentes, incluso vi a Aarón que me observaba boquiabierto.

¿Qué sucede Helena? Ni siquiera yo lo sabía, no sabía que estaba pasando conmigo, todo se estaba cayendo de su lugar, en el mismo desorden de hace 3 años y yo no hacía nada mas que empeorarlo, pero simplemente no podía, no podía hacer nada mas....¿por qué no podía?

    - Suéltame – susurre antes de apartar a Henry de mi camino y adentrarme en el bosque.


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1 comentario:

  1. todo se puso mal pobre helena claro que esta confundida y isabelle como amiga y casi hermana deveria entenderla y ayudarla no juzgarla como lo hizo esto esta muy bueno y espero por mas besos

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