martes, 14 de enero de 2014

Capítulo 3. Parte uno


"El amor no mira con los ojos, sino con el alma."
William Shakespeare


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La flecha salió disparada con un silbido que fue escuchado demasiado tarde por el venado que cayo inmóvil milésimas de segundo después. Justo en el corazón, sin dolor y sin agonía.

   Salí de mi escondite y me acerque al hermoso animal. Era enorme, y tenía que cargarlo hasta el campamento, estaban identificando las cercanías como área de caza y cada vez se presentaban menos animales, así que tuve que alejarme mucho mas de lo normal para asegurar una continua fuente de comida.

    Tome al venado de las patas y lo arrastre con dificultad hasta una tabla que ya tenía preparada en el suelo. Le quite la flecha del corazón, la limpie y la puse de nuevo en mi carcaj. Tome las cuerdas que tenía la tabla atadas y comencé a tirar de ellas. La espalda me dolía, era mas por dormir chueca que por el esfuerzo, con lentitud llegue al campamento con el sudor corriéndome por la frente.

      - ¡Miren, miren, miren! – dijo Alma, la cocinera, mientras se limpiaba las sucias manos en un delantal tan manchado que probablemente solo ensuciaban mas sus manos – creo que a ti te toca doble Helena.
    Me reí y limpie el sudor con el dorso de la mano.

   - Todo tuyo Alma, se que no me decepcionaras. Ahora tengo que irme, vamos por algunos…víveres.
Alma negó con la cabeza divertida mientras examinaba al venado, como aprobándolo.

    - Ten cuidado chica – me advirtió antes de darse media vuelta y hablarle a algunas personas para ayudarla a cargar al enorme animal.

 Entre a mi tienda que compartía con Isabelle y me mire en el manchado espejo. Había cambiado demasiado en los últimos 3 años, mi figura era totalmente distinta y mis ojos ya no miraban con el mismo brillo. Llevaba el pelo sujeto en una cola de caballo que caía hasta la mitad de mi espalda, me mire como miraría a una extraña. En el reflejo del espejo podía ver mi libro desgastado y manchado, termine de leerlo hace años con lagrimas en los ojos y descubrí que al final estaba dedicado con la letra y palabras de mi hermano, nunca volví a escuchar de el, preguntaba de vez en cuando a gente en la que confiaba, pero nadie sabia nada.


    Mi hermana seguía prisionera, había intentado rescatarla, pero casi hago que me maten. Iudir me miro con una mirada que dolió en lo poco que me quedaba de corazón y nunca mas lo volví a intentar.

   Volví a verme en el espejo y ladee la cabeza mientras me quitaba la liga que sostenía mi cabello, antes era lacio ahora se había ondulado por la humedad del bosque y caía en cascada sobre mis hombros, tan largo que llegaba a mi cintura. Por mas que la gente insistía en que lo cortara nuca lo hice, era algo que me parecía muy bonito y me recordaba a cuando Fantine lo cepillaba. En ese entonces estaba carente de curvas y admiraba la hermosa figura que tenía mi dama de compañía, ahora ya no tenía nada que envidiar.

   Isabelle entro en ese momento a la tienda y me sobresalte un poco.

      - ¿De nuevo buscando una puerta en el espejo Helena?
Le sonreí y volví a atar mi cabello.

     - ¿Vas a venir?- le pregunte mientras me quitaba los pantalones para ponerme unos negros que se  me ocultaban mejor en la oscuridad de los arbustos.

     - ¿Estas de broma verdad? – me dijo ella quitándose su falda y poniéndose unos pantalones iguales a los míos –nunca me pierdo una pequeña recolección de bienes.
Reí y le lance los pantalones que me acababa de quitar a la cara, los atrapo en el aire y también rio.
  Faltaban unas horas, como nos había dicho un informante, pero ya sentía el corazón palpitarme con emoción en el pecho. Salí de la tienda y me encontré de bruces con Tim, había cambiado notoriamente desde el primer día que le vi prácticamente colgado de los pelos por Iudir, ahora tenía 13.

    - Hola Tim.

    - Hola Helena- me dijo rápidamente antes de seguir caminando. Ahora se bañaba un poco mas y el cabello color trigo brillaba rebelde en su cabeza.
     Mire a la distancia y vi a Iudir ayudar a colgar el venado. Las historias que escuchaba de ese hombre, el Rey de los ladrones, me llenaban de emoción y de miedo; sentía una increíble curiosidad por aquel personaje por el que la gente temía cruzar bosque, y después de haberle conocido y después de tantos años, lo veía casi como un padre. Era en realidad un hombre que era quien le importaba la gente a quien nadie miraba cuando caminaba por las calles, en la que nadie ni siquiera reparaba en sus manos temblorosas suplicando por un pedazo de pan.
       La población había aumentado considerablemente desde el día que llegue, cada vez había mas gente en la calle, los impuestas habían aumentado. La gente hablaba y lloraba sus desgracias y luego llegaban aquí, a vivir una vida mucho mejor a la que tenían en el reino, pero después de todo seguía sin ser vida.

    Isabelle salió de la tienda, su cabello le llegaba a la nuca y el pelirrojo color combinado con unos ojos color miel le daban un aspecto fiero, era bastante guapa, aunque cuando quería intimidarte lo lograba con rapidez.

   - ¿Quieres ir a practicar?- le pregunte sin voltearla a ver.

   - Me encantaría majestad – el nombre me revolvió el estomago y encendió mis ojos, Isabelle lo noto y aparto la mirada avergonzada.

    - Lo siento. Fue una broma tonta.

    - No te preocupes…solo no lo vuelvas a hacer.

Entramos rápido a la tienda y tomamos nuestras espadas. Pasamos junto a Iudir que nos miro inquisitivo.

    - Calentamiento. dije yo burlona y continuamos nuestro camino.

Llegamos al área donde nos entrenaban y extendí mi espada a modo de saludo antes de la pelea, Isabelle extendió la suya y toco con la punta la mía haciendo sonar un metálico clink. Nos pusimos en posición y mi respiración se fusiono junto con el primer golpe. Practicamos hasta los brazos comenzaron a agarrotarse y las manos a perder circulación por tanto tiempo sosteniendo la pesada espada.

    - Me…rindo- dijo Isabelle jadeando recuperando el aire y dejando caer la espada al suelo.

    - Pensé que nunca lo dirías- dije imitándola y dejándome caer en el pasto. Isabelle se tiro a mi lado y junto cabeza con la mía. Sobre el cielo las nubes avanzaban con lentitud, una frente a la otra, pero yo miraba a la luna. Aun durante el día se le veía en el cielo blanca y enorme, la única que perduraba en el cielo cada vez que abría los ojos.

    - Creo que debemos volver – dijo Isabelle poniéndose de pie y estirando su espalda produciendo un sonido desagradable, hizo lo mismo con nudillos que los trono uno a uno. Odiaba ese sonido, pero ella decía que era relajante.

   Me puse en pie e imite a un gato recién despertándose, solté un resoplido para apartar un pequeño mechón de los ojos. Regresamos al campamento justo cuando la comida estaba lista.

    - ¡Alma huele delicioso! – exclamo Isabelle y salió trotando para tomar el plato que Alma comenzaba a llenar. Era cierto, olía delicioso y el aroma a la carne se impregno en mis fosas nasales causándome tanta hambre que recordé cuando estaba herida y desnutrida por la falta de comida de una semana.  
    Disperse los pensamientos con un fuerte parpadeo, sabía que cada vez que recordaba esos días la rabia ardía en mi más de lo normal.
   Camine a donde estaba Alma y olfatee el aire de manera teatral.

  - Ten niña – me dijo extendiéndome el plato y despidiéndome de su enorme cazo de bruja con un movimiento de mano.
    A pocos metros de mi los huérfanos se correteaban y Umma trataba de controlarlos, antes le era fácil, solo había cuatro o tres niños bajo su tutela, pero ahora había fácil diez niños y niñas que habían perdido a sus padres. Iudir los separaba de los fríos cadáveres y los traía al campamento, veía sus miradas perdidas y vacías los primeros días, imaginaba que así me veía yo cuando apenas había llegado al campamento.

  En ese momento Sam y Thomas dos chicos que habían sido inseparables desde el día que llegaron corrían por el campamento.

         - ¡Chicos vengan a aquí en este instante!- Chillaba roja de ira Umma - ¡No estoy jugando Thomas McGomery, Sam Klein tienes 5 segundos para entrar a la casa y ponerte algo de ropa!-

   Los dos chicos de 11 años corrían desnudos por toda la aldea, llenándose de lodo y escandalizando a toda mujer con la que se encontraban. Sin darme cuenta ya había comenzado a gritarles que corriesen mas rápido, pensé  en Iudir que observaba desde lejos e imagine que lanzaría una mirada desaprobadora pero cuando menos me lo espere lo escuche estallar  en risas.

    - ¡Corran chicos!- le gritábamos Isabelle y yo.

Las risas estallaron en mi estomago y sentí como la mirada se iluminaba divertida por la escena.

        Sophie cruzaba el camino de tierra en ese momento. Una chica de 10 años que había llegado aquí hacía un año y medio. Los chicos miraban en mi dirección por mis gritos, así no vieron a Sophie y a poco estuvieron de arrollarla, se detuvieron en seco frente a ella. La mirada de Sophie descendió irremediablemente y note como el rubor subía a las mejillas de la pobre, antes de darme cuenta, Iudir ya corría en su dirección y le tapaba los ojos, lo único que yo podía hacer era reír.

    Umma les llego por atrás y los tomo de los pelos, jalándolos al interior de una tienda. Afuera todo el campamento reía y suplicaban con lagrimas de risa en los ojos que Umma tuviera piedad. Sophie seguía teñida por el color rojo en sus mejillas y miraba de hito en hito a Iudir que comprobara siguiese viva.

    - Tarde o temprano tendrán que darle “la platica”- dijo Isabelle detrás de mí con un bocado de venado aun en la boca. La voltee a ver sorprendida y divertida al mismo tiempo, ella se encogió de hombros - ¿qué? Solo digo, que tiene que saber.
  Isabelle se dio media vuelta y fue a sentarse en un tronco, la seguí y me senté a su lado.

    - ¿Qué crees que encontremos?- me pregunto mientras daba otro bocado al venado.

    - No lo se – le dije mientras yo daba el mío – lo de siempre, joyas, vestidos, guantes, algunos víveres, los ridículos vestidos, pantalones para los hombre, enaguas y camisones.

     - … y el látigo del cochero- agrego Isabelle divertida – tal vez al cochero si es guapo.

Negué con la cabeza divertida y me concentre en mi comida. Sabía tan bien como olía y no tarde en terminarme el primer plato.

  - Alma, recuerdo que me prometiste un segundo plato – dije con voz burlona extendiéndole el plato, para mi sorpresa Alma me devolvió una mirada angustiosa.

   - No quedo nada, cada vez somos mas y la comida ya no basta - baje mi plato.

  - Era enorme Alma, no puedo creer que de verdad no basto.

  - Ni siquiera yo misma alcance a servirme un poco los últimos dos días- Alma se llevo las manos a la cara y se quedo ahí unos segundos, luego la parto y suspiro con fuerza – pero bueno, toda época tiene sus altos y bajos.

   - ¿Por qué no habías dicho nada? – le pregunte tomándola por los hombros -ya vengo Alma, mantén vivo el fuego, traeré algo para ti.

La mujer debía de estar muy hambrienta porque no protesto, cerro los ojos y asintió con la cabeza a forma de agradecimiento. Llegue a mi tienda y tome al carcaj y el arco.
  Iudir me detuvo en la entrada.

    - ¿A dónde crees que vas?- me pregunto esperando una respuesta y la esperaba rápido.

    - Alma no ha comido nada en dos días- respondí.

   - ¿Qué? ¿por qué no dijo nada?- Iudir se veía cansado, había unas pequeñas canas asomándose por su rizado pelo y se había descuidado la barba, que ahora cubría su quijada con una delgada capa – te acompaño, y así me asegurare de que no se llegue tarde a la emboscada.

   Asentí y lo espere a que regresara con su propio arco. Era blanco y tenia quemado figuras que se enredaban en la pálida madera como tinta.

  Nos adentramos al bosque y seguimos el rastro que había dejado una liebre al roer varias plantas y luego desecharlas. Lo localizamos mordisqueando un arbusto de bayas, era marrón y las enorme orejas se movían en todas direcciones captando todos los sonidos que el bosque emitía. Nos arrodillamos detrás de unos arbustos que nos cubrían.

  La liebre escucho algo y se puso en posición de alerta. Algo no andaba bien, Iudir no había emitido ningún ruido, ni siquiera le sudaban las manos como para que la liebre lo oliese, pero del otro lado de donde el conejo comía algo se había movido.
  Lo vi cuando el también nos vio a nosotros, demasiado tarde. Un hombre estaba del otro lado de los arbustos y se disponía a cazar la misma liebre, solo que se había topado con una sorpresa, igual que nosotros.

   Iudir reacciono al arco tensándose antes que yo y se lanzo sobre mi cuerpo protegiéndome. La flecha se clavo en el y el intruso salió corriendo. Iudir cayo sobre mi, respiraba con dificultad, pero lo importante era que respiraba, aunque eso significara que me aplastara.

    - ¡Isabelle!- grite con desesperación por el peso de Iudir aplastándome los pulmones - ¡Isabelle!

Isabelle no tardo en llegar con otros cinco hombres, que cuando vieron la escena abrieron los ojos de par en par. Tenían las espadas desenvainadas y las guardaron para quitarme a Iudir de encima.

    - ¡Rápido! - dije poniendome de pie y sintiendo como los pulmones se expandían - ¡hay un hombre, atrápenlo antes de que cante cualquier idiotez!.

Isabelle y otros tres hombres salieron corriendo en la dirección a la que apuntaba. Voltee a ver a Iudir inconsciente en el suelo y recordé llena de rabia el emblema del palacio trazado en el uniforme del atacante, era lo único que había alcanzado a ver desde las ramas antes de que disparara y huyera.

    - ¡Lo quiero vivo!- grite antes de perder a Isabelle de vista, ella me volteo a ver mientras corría y asintió con la cabeza.



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2 comentarios:

  1. me alegro que ella se adaptara a esa vida almenos ya no esta sola espero que ludir se salve

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  2. me alegro que ella se adaptara a esa vida almenos ya no esta sola espero que ludir se salve

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